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El 28 de abril fui invitado a participar en una plenaria virtual de la Cámara de Representantes sobre el Decreto 558, dictado a luz de la emergencia económica. No había asistido a una plenaria desde que era director del DNP, entre el 2002 y el 2006, y quiero resaltar que quedé gratamente impresionado por el esfuerzo tecnológico, por el ambiente de respeto y por la calidad de las exposiciones de los citantes, de los miembros del Gobierno y de casi 60 representantes de todos los partidos políticos, en una sesión que duró nueve horas. Salvo una o dos excepciones, la inmensa mayoría de las intervenciones se hicieron con mesura, con espíritu constructivo y una clara voluntad para encontrar puntos en común para enfrentar las duras consecuencias de la pandemia y resolver los desafíos estructurales. Como pocas, la Cámara de Representantes es una entidad que impresiona gratamente porque refleja la pluralidad del país, pero también impacta porque muestra las desigualdades y angustias regionales, especialmente resaltadas por los representantes de los departamentos de oriente, por los de la Amazonia, Chocó, y también por los del sur, como mi departamento, Nariño. Pero la Cámara también resalta por su juventud, por una nueva generación de mujeres y hombres, debería decir muchachas y muchachos, que evidencian una clara voluntad para contribuir a resolver nuestros apremiantes problemas. Allí se está formando un nuevo liderazgo, que está tomando la posta de las generaciones anteriores, con una clara preocupación por el medio ambiente, por un Estado más eficiente y transparente, por un país seguro, por una inversión y ahorro más elevados, que ayuden a generar más empleo y más formalidad.
Menciono esta grata experiencia porque contrasta con las encuestas de opinión, en donde el Congreso y los partidos políticos tienen unos niveles de desfavorabilidad muy elevados. Y ese orden, respeto y moderación que vi en el debate de la Cámara de Representantes, contrasta también con la anomia, con la absoluta falta de reglas y de normas que uno encuentra en las mal llamadas “conversaciones” de las redes sociales, en donde prevalece el insulto, la vulgaridad y la mala fe de muchos de quienes allí se expresan. Y, me duele decirlo, contrasta también con el disparate, la injuria, la ofensa y la befa que se encuentra en los comentarios a las columnas de los periódicos. ¿No será ya este el momento de solo permitir la publicación y difusión de los comentarios de quienes tienen el coraje y el carácter para firmar con su nombre y apellido? En este sentido, deberíamos seguir el ejemplo de periódicos como The New York Times, El País de España o, más cerca de nosotros, El Mercurio de Chile. La sección de cartas de El Mercurio, por ejemplo, es una de las más leídas porque allí se da un debate donde ministros, académicos y analistas responden a críticas de los editoriales y columnistas y estos, a su vez, replican a sus comentaristas, generándose un debate muy respetuoso y constructivo, y lo mismo sucede en su página de blogs, en la que los lectores, con nombre y apellido, comentan diariamente las columnas. En un momento en que enfrentamos una severa crisis, como la pandemia, debemos aprender la lección que nos están dando la Cámara de Representantes y estos periódicos extranjeros sobre lo que debe ser un debate racional, constructivo y respetuoso.