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Cuando está a punto de terminarse en Grecia el período del gobierno provisional, encargado de conducir el Estado mientras se llevaban a cabo elecciones y se forma una nueva administración salida de la voluntad popular, muchos ciudadanos se preguntan porqué tienen que regresar ahora los políticos, a quienes culpan, no sin razón, de la debacle nacional.
Alexis Papaxelas, veterano y agudo periodista, recuerda cómo es de bueno para un país contar con personas responsables y de alta calidad, dispuestas a abandonar sus asuntos privados y poner en un momento determinado sus capacidades, entre ellas las de la sensatez y el sentido común, al servicio público. Y agrega que muchos de sus compatriotas, incluso funcionarios, hubieran deseado que los anteriores gobiernos contasen en los cargos claves con protagonistas de esas características, en lugar de personajes de otra índole, que en un proceso de varias décadas parece se hubieran puesto por oficio llevar al país a la postración.
El Primer Ministro encargado, Lucas Papademos, un hombre probo y serio, sin experiencia política en sentido tradicional, ha sabido llevar con tino al país por un camino peligroso que bordea el abismo, con un equipo de personas pragmáticas y dinámicas que conocen bien el aparato del Estado pero no esperan ni enriquecerse ni saltar a la fama ni quedarse en el poder. Cualquiera de ellos, sin embargo, fracasaría rotundamente si osara lanzarse a la arena política en unas elecciones. Tal vez no diría nada escandaloso que sacudiese a la opinión. Tal vez no sería capaz de llenar los oídos de la gente con lo que ésta quiere oír. Los medios no se interesarían en su perfil y los partidos lo harían víctima de su resentimiento, o de su envidia.
En medio de la desesperanza que ha producido la crisis, Antonis Samarás, que con el triunfo en las elecciones, con menos de un treinta por ciento del favor popular, apenas ha dado un paso hacia lo que puede ser una nueva era, tendrá que ocuparse de proyectar un gobierno incluyente que desborde las fronteras de los partidos. Si se hacen bien las cuentas de los resultados electorales, son muchos más los griegos que votaron contra las medidas de sacrificio pactadas por los dos partidos tradicionales, que los que apoyaron a la lista ganadora, que de paso se llevó el premio extravagante de las cincuenta curules que una vez se inventaron como bonificación para facilitar la formación de gobiernos en un país tan apasionado por la política que no admite con facilidad la hegemonía de nadie.
Como son tantos los griegos que no se sienten representados por un gobierno que, en caso de conseguir la coalición requerida, será en el fondo minoritario, los conservadores tienen la obligación política de inventarse formas de conseguir que al menos haya una convergencia en cuanto al nombre, y la trayectoria, de quienes formarían parte del nuevo gabinete. Tal vez un anuncio de esa naturaleza calmaría las preocupaciones de las verdaderas mayorías, siempre y cuando, al mismo tiempo, se deslizara ligeramente hacia una posición que busque, con adecuado pragmatismo, aliviar las consecuencias cotidianas de los castigos impuestos a su país, que son los más brutales que se hayan conocido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
Los demás partidos, y los ciudadanos que todo lo que quieren es no sacrificar a sus familias para pagar una deuda de la que solamente en parte son responsables, deberían permitir la configuración de un gobierno de esa naturaleza. De lo contrario, como ya ha pasado en otras ocasiones, el país seguiría en una serie larga de contiendas electorales parecida a aquella en la que Andreas Papandreou no se iba, porque no había perdido, pero no conseguía mayoría suficiente para quedarse en propiedad. Circunstancia que en estos momentos resultaría fatal en cuanto a estas alturas no es ya un partido el que está en juego sino el mismo destino nacional. Escenario que requiere de líderes de alto vuelo, no de jefecitos de los que saben campear en las escaramuzas de las frases cortas pero no son capaces de pensar en las grandes proporciones.