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Ungidos e incomunicados

Rafael Orduz
18 de junio de 2012 – 06:00 p. m.

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Algunos (y algunas) se enloquecen con la ficción del poder público.

Logran tal grado de identificación con un determinado cargo, que olvidan el carácter transitorio del mando relativo que tienen sobre su jurisdicción. Entonces, abusan. A veces, dentro del marco de la ley. Otras, quebrantándolo. Cuando dejan el cargo no se hallan. La inercia de recibir obediencias y adulaciones perdura y resulta insoportable que otros estén dedicados a lo que, creen, les corresponde.

Puede ocurrirle a un sencillo congresista, ungido por cuatro años, que se convierte en rey de una determinada entidad pública en una región o ciudad, nominador de candidatos a alcaldes, orientador de contratos. La cuatro puertas, si blindadas mejor, la moto con el policía, el o los guardaespaldas, consolidan la ficción.

La cumbre de la ficción es la solemnidad, traducida en la expresión facial, la forma de caminar, el rictus, las modulaciones verbales. A veces, también, el dedo índice, amenazante. ¿A mí, el senador, la prueba de alcoholemia?

¿Cómo no va a ser grande el riesgo de la trampa de la ficción en algunos que son elegidos alcaldes en las grandes ciudades? Obtener entre medio millón y un millón de votos, con tamaña ausencia de partidos, lleva a algunos al espejismo divino (la Providencia les reserva una misión) o, al menos, a la creencia de ser ungidos por el pueblo, justamente ellos, tan especiales, tan inteligentes. Los antiguos colegas, que en las batallas electorales fueron los copartidarios de las horas gratas y las duras son, a lo sumo, arcángeles, si la unción es mesiánica. O seres de segunda, nominables y destituibles a discreción.

La parafernalia de lo que llaman “los esquemas de seguridad”, los periodistas, los políticos aduladores, los funcionarios complacientes, contribuyen a que algunos ungidos se pierdan en la maraña de la ficción del poder.

A veces hay ungidos que tienen la inteligencia de escuchar. Ambiciosos, saben que para lucirse requieren trabajar con gente que sepa. En otras ocasiones, el ungido sabe más de todo que todos. En estos casos, el camino hacia el abismo del aislamiento está a un paso.

Hay, sin embargo, un factor que contribuye a que los jefes se aíslen aún más. Son los áulicos. Aquellos que quizás, por algún grado de cercanía con los personajes ungidos, podrían estar en desacuerdo, en ocasiones, y ayudar a enmendar.

En la reciente crisis de salida de tres secretarias y un secretario de Bogotá, con excepción del bien escrito alegato del esposo de una de aquellas, nadie dijo nada en los casi diez días de interinidad que culminaron en que los aludidos se enteraran por los medios de comunicación acerca de su salida. Al contrario, los áulicos, algún concejal, algún funcionario, trinaron descalificando, sin decir por qué, a los futuros salientes.

“… nadie siente tanto desdén por los pobres diablos como los pobres diablos con uniforme…”, dice Sábato en Sobre héroes y tumbas. El uniforme es, aquí, el carguito temporal. 

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