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Calidad de las vías

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Los usuarios de muchas vías se han visto obligados a pagar peajes carísimos al tiempo que su calidad se ha deteriorado con el tiempo. Amigos tolimenses, que transitan con regularidad la vía Bogotá-Girardot, por La Mesa, me dicen que, hace cuarenta años, tardaban tan sólo unas tres horas y media para llegar a Ibagué y, ahora, sólo pueden hacerlo en unas cuatro y media o cinco horas.

Es decir, a medida que transcurren los años, en lugar de avanzar, estamos retrocediendo. ¿Qué sucede? Pues, simplemente, que, en tanto la vía es básicamente la misma que existía hace cuatro décadas, hoy en día hay muchísimos más automóviles y a éstos se suman, cada año, más y más motos y motocicletas y, los domingos y días de fiesta, centenares de ciclistas que se arriesgan en medio de los carros y camiones. Se podría argumentar, entonces, que la congestión de la vía es una consecuencia del progreso y que, en ese sentido, es muy poco lo que se puede hacer para solucionar estos problemas.

Es muy cierto que hay más automóviles, pero esa no es la única razón de la congestión y los inconvenientes que se enfrenta, particularmente, en los puentes y días de fiesta. El problema de fondo de muchas vías del país es que la regulación pareciera exigirles a los concesionarios que se preocupen exclusivamente por el mantenimiento físico de las carreteras —que deja mucho que desear— y no por los servicios que ellas prestan. Es decir, se les exige que las carreteras no tengan huecos, que la señalización sea la adecuada o que las líneas de demarcación estén bien pintadas. Pero no se les exige, por ejemplo, que la velocidad promedio de los automóviles suba o, por lo menos, se mantenga estable en el tiempo, especialmente durante los fines de semana largos. Si este criterio se incluyera en la regulación, los concesionarios se verían obligados a modernizar los peajes con sistemas de pago electrónico o a construir variantes en los pasos por las ciudades y los pueblos.

Cruzar, por ejemplo, La Mesa al comienzo o al final de un puente es una verdadera pesadilla. Lo que sucede con muchos municipios y pueblos es que, por falta de diseño y regulación, las carreteras nacionales o departamentales se convirtieron en las arterias urbanas principales, a cuyo lado se construyen restaurantes, supermercados, almacenes de toda índole y hasta paraderos y terminales de buses. Ha sido tal la congestión en los últimos meses, que la Policía ha puesto un peaje a la entrada de La Mesa obligando al tráfico a entrar a la ciudad y pasar por la plaza principal. En ocasiones, puede tomar hasta media hora atravesar la ciudad. Algo similar sucede en Anapoima y en Tocaima, en donde no toma, hasta ahora, tanto tiempo, pero también ya hay muchos almacenes, restaurantes y terminal de buses que invaden la vía.

Esta es una situación que es insostenible y que debería ser corregida cuanto antes. Los usuarios tenemos el derecho a exigir que el estado físico de las vías esté en buenas condiciones. Pero también debemos exigir que se aumente o, por lo menos, se mantenga la calidad del servicio de las vías, medido en el tiempo de recorrido, construyendo variantes o perimetrales. Porque, si empeora el servicio, debemos exigir que los montos de los peajes sean más bajos. 

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