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A la primera persona que le oí el término «desesperanza aprendida», cuando se refería al pesimismo e impotencia que reinaba en Barranquilla en 1997, fue a Joachim Hahn, distinguido profesor de la Universidad del Norte.
En dicho año, el país entero y, en particular, esa ciudad estaban sumidos en una horrible ola de corrupción y desgobierno. El ánimo de la gente estaba por el piso y esta expresión, propia de los biólogos y psicólogos experimentales, lo retrataba bien.
Bogotá sufre ahora de ese mal –una especie de depresión, apatía y pasividad colectivas– adquirido a lo largo de más de diez años de fracasos y retrocesos. A diferencia de la época de Mockus y Peñalosa, cuando existía orgullo por la ciudad, optimismo y confianza en su futuro –Bogotá, entonces, se presentaba como un ejemplo para el mundo–, a punta de golpes, de nuevo, se ha generalizado el pesimismo.
Reinan la pasividad y la impotencia. La gente, los dirigentes gremiales y los líderes políticos, al igual que los animales sujetos a repetidos castigos en el laboratorio, pase lo que pase, no tratan de mejorar la situación.
La conformidad es infinita. La Circunvalar y la carrera 11 están cerradas hace meses y pasarán muchos más antes de que las pongan en servicio (ya nadie se pregunta cuándo se terminarán esas obras). El hueco de la séptima con 24, construido para la estación de Trasmilenio, está ahí, seguirá ahí, y el tráfico continuará colapsado quién sabe hasta cuándo. Pero no hay que hablar de obras conocidas. El problema está cerca de la casa de todo el mundo: los huecos de todas las calles, los de todos los barrios, ricos y pobres, se agrandan todos los días y no hay, ni siquiera, la menor esperanza de que los tapen.
El tráfico de la ciudad se ha venido deteniendo, año tras año, desde hace tiempo. Se anuncian metros, tranvías, trenes ligeros, rápidos, de cercanías y lejanías, Trasmilenios de todos los pelambres, pero no se hace nada. Ya nadie oye, cree, ni quiere oír más anuncios; como nadie espera nada, nadie pregunta, nadie exige nada. Es la apatía, propia de seres castigados por frecuentes estímulos negativos, que saben que todo lo que hagan va a ser inútil (la desesperanza aprendida refleja el estado de ánimo de quienes creen que son bienaventurados aquellos infelices que nunca se verán decepcionados porque no anhelan nada).
El alcalde Petro recibió la herencia del pesimismo y apatía aprendida en los turbios años de Moreno. Y todavía no logra generar la confianza de que los problemas se van a solucionar. Pronto necesita mostrar resultados concretos. Si lo hace, poco a poco, en forma acumulativa podrá derrotar la desesperanza de la ciudad.
La desesperanza de Bogotá afecta a todo el país. Por esta razón, el Gobierno Nacional ha mostrado su decisión de apoyar a la ciudad. El costo del fracaso del gobierno de Petro sería enorme, no sólo para él y para la ciudad, sino para el resto de Colombia. Pero es necesario que el alcalde señale el camino.
Los mismos psicólogos muestran que los animales de los laboratorios pueden salir de la desesperanza. Y, en la vida colombiana, Barranquilla parece demostrarlo. Con las buenas administraciones de los últimos años, dicha ciudad goza hoy del optimismo y la confianza de que las cosas pueden mejorar. Los distintos indicadores económicos y sociales todos los días así lo comprueban.