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Las numerosas horas de espera para tocar el suelo coreano juegan azarosamente con las expectativas del viajero: todo comienza cuando el trayecto del avión recorre extensas zonas inhóspitas, como el centro de Canadá, Alaska, el Estrecho de Bering, Rusia y China. Desiertos de blancos fragmentados por icebergs, montañas y planicies que se imponen con hostilidad frente a la vida de cualquier criatura, incluyendo la de los pasajeros del avión.
Al llegar a Incheón, aeropuerto internacional de Seúl, es necesario tomar un bus para llegar a la gran capital. Grandes avenidas conectan a todo el territorio en Corea del Sur y si bien tienen una desarrollada malla vial, los coreanos no se salvan de los trancones. En esta pequeña península, del tamaño del departamento de Vichada, viven cerca de 50 millones de personas. La densidad poblacional justifica también la multiplicación de altos inmuebles pálidos, aburridamente repetidos a lo largo de las avenidas. La calidez coreana, rodeada por paredes de apartamentos, se hace más intensa a la hora de la cena, cuando la familia se reencuentra después de intensas jornadas de trabajo o estudio.
El picante y el ajo son los secretos de la cocina, pero indudablemente los pilares gastronómicos son el arroz blanco y el kimchi, famoso repollo local y símbolo culinario nacional. Los acompañamientos varían desde las algas marinas hasta especies locales de hongos y lechugas. A la carta se pueden degustar todo tipo de vertebrados del mar Amarillo o del mar Japonés, preparados tradicionalmente en sopas de sabores únicos. Pequeños platos desbordan las mesas, donde a pocos centímetros del suelo se come de rodillas mientras que los chopsticks tejen una interesante combinación de sabores. Estos palitos de acero o de madera son un paso obligado en la niñez. Se dice que el intelecto se estimula cuando los pequeños deben esforzarse para atrapar un arroz o un pedazo de kimchi.
“Períodos intensos de hambre y pobreza han marcado la historia de Corea del Sur”. Cuenta la escritora Hyon O’Brien en una columna de opinión de marzo de 2010 en The Korea Times que la obsesión de los coreanos por la comida en los períodos de crisis ha llegado a tener su lugar en el lenguaje: para decir que alguien está envejeciendo se dice “comer edad”, cuando hace calor, “comer calor” y un desfalco, “comer dinero público”.
Los años cincuenta vieron el derrumbe moral y material de esta península. Corea del Norte y Corea del Sur fueron devastados tras las guerras que se libraron como eco de un mundo que se polarizaba entre capitalistas y comunistas. La historia trazada desde entonces ha ampliado una brecha que supera la frontera rectilínea entre los dos países. En el caso de Corea del Sur, una combinación entre un arsenal de políticas de planeación económica y de asistencia internacional junto con el indudable capital humano, teñido por la disciplina ancestral de los coreanos, construyó el camino para un crecimiento económico acelerado.
Pero el desarrollo, sobre todo la distribución de la riqueza, no ha sido tan ecuánime. En los metros que separan a Seúl de las ciudades aledañas, vendedores ofrecen sopas de mariscos en polvo, impermeables de colores, herramientas multiusos, con linterna y destornillador incluidos, entre otros. Mientras que estos personajes intentan ganar algunos wons, es inevitable contemplar la fisionomía de los coreanos que entran y salen de los vagones. Sus cabellos, indistintamente negros o teñidos a la moda, cubren rostros de piel clara y ojos alargados. Es muy difícil poder atinar la edad de un coreano porque siempre tiene más años de lo que se espera. Los nueve meses de gestación lo consideran el primer año, así que se nace de un año. Las arrugas, gran preocupación de las mujeres occidentales y alivio de las casas de cosméticos, no aparecen con tanta personalidad. Esto tiene que ver con el fenotipo asiático, pero también se le atribuyen efectos mágicos al ginseng, un polvillo rojo cuyo consumo tiene innumerables bondades para rejuvenecer.
Un recorrido por Corea del Sur está marcado por los exóticos sabores gastronómicos, mientras que la historia se desnuda en la arquitectura urbana a través de grandes edificios modernos y templos tradicionales de antiguos reinos. Un idioma cuya pronunciación es todo un reto para los que hablamos español, es el picante de la travesía a esta tierra lejana que tiene mucho que enseñarle al mundo.