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La perfección sí existe

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Sobre los culebreros caminos del siglo XX corrieron los Juegos Olímpicos. Fueron muchos los obstáculos sorteados: dos guerras mundiales, violencia, política, mercantilismo precoz, utilitarismo, defensa del amateurismo, racismo, xenofobia, dopaje, etc.

Pero antes de estos fenómenos, la incredulidad del mundo fue el problema inicial que enfrentó el naciente movimiento olímpico, porque los primeros pasaron inadvertidos, Atenas 1896, o mezclados entre ferias internacionales, París 1900 y San Luis 1904. Las publicaciones de prensa fueron escasas, aunque internamente se vivió una especie de fiesta y los campeones fueron proclamados con discretos honores.

La palabra grandeza sólo existía en la mente del presidente del COI, el barón Pierre de Coubertin, un soñador que vivió, sacrificó su fortuna y su tiempo, y murió con la fe viva en lograr que esa creatura nacida bajo la inspiración de los antiguos griegos pudiera calar en unas sociedades en permanente crecimiento y, por lo tanto, inestables.

Muchos han interpretado que los Olímpicos crecieron “a pesar” de esos problemas del siglo XX. No fue “a pesar”: fue “gracias” a dichas dificultades, porque cada vez que superaban un asunto ajeno salían fortalecidos, y porque si eran el escenario buscado por diversos actores para alcanzar protagonismo era por su importancia cada vez más grande.

Hoy, los Olímpicos se constituyen en la más grande expresión de la cultura deportiva del mundo, en el más notable gesto de competencia y convivencia, en el non plus ultra del internacionalismo, en el sueño de todo ser humano.

Quien viaja a unos Juegos sabe que será testigo de la más sofisticada creación deportiva del ser humano, que rompe cualquier barrera y está blindada frente a los peligros externos. Sabe que si escucha un disparo es porque se ha dado una orden para que unos jóvenes corran no en procura de salvar sus vidas, sino de coronar sus sueños. Sabe que vencedores y vencidos forman el mismo mundo. Entiende que mientras camina por la Villa Olímpica se podría encontrar con su ídolo, como con cualquier turista, a quien le puede pedir un autógrafo.

Cuando se ingresa al estadio para la ceremonia de inauguración, parece que se atravesara un túnel con una luz extraña y sublime al otro lado. A partir de ahí quedamos tocados por una varita mágica, que nos permite creer que sí existe la perfección humana.

Ciro Solano Hurtado

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