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“Medicina, leyes, negocios, ingeniería. Estas son metas nobles y necesarias para mantener la vida. Pero la poesía, la belleza, romance, amor, esas son por las que seguimos vivos”. La sociedad de los poetas muertos.
No se debe discutir que siempre, y especialmente en tiempos de pandemia, la medicina, enfermería y microbiología, entre otras notables disciplinas, son esenciales para la supervivencia humana. Pero la literatura, el cine, la música… son necesarias para la supervivencia de la humanidad.
Es claro que los médicos y enfermeros mantienen respirando nuestros cuerpos, que los ingenieros nos mantienen conectados y los economistas buscan estrategias para saber qué hacer con nuestro dinero en tiempos difíciles. Pero, de igual forma, la fragilidad humana en momentos tan tormentosos necesita, y debería, alimentarse de aquellas cosas que restablecen el calor de nuestras almas y la calma tan buscada.
¿Qué sería de nosotros sin libros? Compañeros fieles que van a nuestro ritmo y nos hablan como un viejo amigo cuando volvemos a sus páginas, que nos cuentan secretos a mitad de la noche y nos acogen sin discriminación. ¿Qué haríamos sin la música? El silencio se tornaría insoportable en la soledad de nuestras casas. Imaginen un mundo sin las sinfonías de Beethoven y Mozart, sin Frank Sinatra o la salsa, tan necesaria para la felicidad colombiana. Nuestros pasos serían un poco más lentos y nuestros cuerpos más pesados. ¿Qué haríamos sin el teatro, el cine, la actuación en general? ¿Qué haríamos sin la danza? ¿Sin la poesía?
En tiempos de pandemia se evidencia la importancia de la ciencia y su capacidad para responder a situaciones tan críticas como esta, para mantener la esperanza de familiares que esperan por sus seres queridos en el hospital, donde se trabaja sin descanso por un bien común, aunque muchos de estos soldados no tengan la armadura necesaria. Pero, de igual forma, las letras y el arte en sus diferentes formas nos mantienen conectados a la belleza durante la tragedia de estos días. Nos envuelven en sus propias narraciones y nos encierran en pequeñas burbujas que, en lugar de dejarnos sin poder respirar, nos brindan aire fresco para darnos una pausa y sentirnos más humanos.
El día en el que despertamos y sabíamos que sería el inicio de una larga estancia en casa, nos refugiamos en Gabo y el café o cigarrillos al gusto. Corrimos a sacar los pinceles que una vez habíamos dejado en algún rincón de la habitación, tomamos nuestros cuadernos para volver a escribir o sacamos CD antiguos que nos recuerdan épocas en las que estábamos rodeados de aquellos que amamos, sin restricciones.
Ese día que despertamos supimos, aun sin reconocerlo de forma explícita, que necesitábamos de cosas que nos acercaran a nuestra humanidad, calmaran nuestras ansias y alimentaran nuestra esperanza o fe en que mejores días vendrán. Ese día, el mundo despertó sabiendo, aun sin reconocerlo, la importancia de aquellas ramas olvidadas como la música o las letras y su papel, casi de vida o muerte, en nuestras existencias.
Melina Andrea Macías
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