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Jubileo

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La reina Isabel II celebró esta semana su jubileo de diamante. La pompa y circunstancia del desfile por el río Támesis, el concierto en su honor, y la concentración masiva al frente de su palacio en Pall Mall, dejarían boquiabierto al más escéptico de los republicanos.

Eso es la monarquía, un espectáculo “cuyo fin es proveer a aquellos que carecen de educación y madurez una imagen visible de unidad”, como observó Walter Bagehot en 1867.

A juzgar por la cantidad de personas que inundaron las calles de Londres para participar del jubileo, dos siglos después de Bagehot aún son muchos los “que carecen de madurez suficiente y por ello requieren aún de un símbolo”.

Pero lejos de conceder el punto acerca de la ignorancia popular, cabría recordar que, como sucede con todos los símbolos, la realeza y las divinidades, los admiramos porque proyectamos en ellos nuestras actitudes y esperanzas. Y aunque asumimos, seguro de manera equivocada, que las comparten, sabemos también que el emperador está desnudo.

El jubileo de la reina coincide con la peor crisis económica de los últimos ochenta años. Fue provocada “por el fracaso de una clase política incapaz de ofrecernos siquiera una protección modesta frente a las actividades destructivas de la banca”, como apuntó el guionista de teatro David Hare en el Guardian.

“Percibimos a la reina en el lugar en el que todos querríamos estar: por encima de esta podredumbre… Nos consuela el saber que hay una persona que no está a merced de las fuerzas del mercado y la ambición sin vergüenza de los banqueros, ni tampoco a la de un gobierno que carece del equipamiento intelectual y la voluntad para controlarlos”, remató.

Esta misma semana el Nobel de Economía Paul Krugman se enfrentó en el programa periodístico más popular de la televisión británica a la parlamentaria conservadora Andrea Ledsom y al capitalista Jon Moulton, quienes defienden a capa y espada la necesidad de las medidas de austeridad y la reducción del tamaño del Estado.

Con calma soberana, Krugman rebatió cada uno de sus argumentos, apuntando que la economía nacional no es igual a la economía casera, y que profundizar la austeridad es comportarse como un médico medieval que tras haber sangrado a su paciente moribundo recomienda más sangrado al ver que no responde.

Hay signos de que estas posiciones puramente ideológicas comienzan a ceder. El republicano Mitt Romney pareció aceptar el punto de vista defendido por el keynesiano Krugman y los izquierdistas griegos, hace pocos días en una entrevista a Time. Michel Porter, de la escuela de negocios de Harvard, recomendó en CNN invertir en bienes comunes y enfatizar iniciativas antiegoístas.

Nos recuerdan que las deudas son promesas, y que jubileo significa, precisamente, renegociar y perdonar tales promesas.

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