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Antes de la puesta en marcha de la pésima ley de licores introducida por el pasado gobierno de Juan Manuel Santos, los consumidores colombianos venían escalando posiciones en sus preferencias de vinos, subiendo gradualmente de jóvenes a reservas, y a vinos de mayor complejidad. Así, una nueva cultura de vino entraba en apogeo.
Pero al descubrir que los nuevos impuestos les reducían su radio de acción, dieron nuevamente marcha atrás en busca de etiquetas menos costosas. Y el mercado se las puso en bandeja. Fue cuando aparecieron los Quinta Las Cabras, de Tiendas D1, con precios de no más de $13.000 por botella. Sus cifras de importación, incluso, sobrepasaron en volumen a los principales importadores de vinos y licores del país.
Las mayores cadenas de supermercados también recurrieron a sus nexos internacionales y salieron a comprar vinos cuyos precios de venta al público fluctuaban entre los $9.000 y los $13.000 por botella. Una locura. Cientos de consumidores recorrían las distintas tiendas de gran formato, abarrotándose hasta donde les daba la billetera.
La primera respuesta de las marcas de larga data fue bajar precios y lanzar promociones para no perder ventas. Pero rápidamente reflexionaron y trazaron una nueva estrategia: no ponerse al nivel de los nuevos protagonistas, sino establecer un nuevo escalafón superior en el segmento del bajo costo, con márgenes mayores.
Hemos visto, por ejemplo, el reposicionamiento de etiquetas como Gato Negro y Gato Blanco, del grupo chileno Viña San Pedro, importadas por Dislicores, coloso de la importación nacional. Un camino parecido ha tomado Santa Julia, marca de volumen de la casa argentina Familia Zuccardi, distribuida directamente por Almacenes Éxito. Y ahora estamos ante un vuelco en la distribución de Viña Santa Rita y de su caballito de batalla, el 120 Tres Estrellas, que ha pasado a manos de Marpico, otro importador de cobertura.
Me gusta el giro porque, empezando por Gato Negro, estas marcas están recogiendo reconocimientos internacionales por la calidad de sus productos en la parte inferior de la pirámide. La revista Wine Enthusiast, por ejemplo, recomendó tres vinos de Gato Negro en la franja de los US$5 por botella: un Carménère, un Sauvignon Blanc y un Cabernet-Merlot, todos de la joven añada de 2017. Son vinos ligeros y agradables de beber, que cumplen el propósito de entregar placer y sabrosura, sin golpear las finanzas familiares.
Santa Julia y 120 también comenzaron a apuntar sus baterías al desarrollo de referencias más complejas. En este sentido, el 120 Tres Medallas, valorado por su relación calidad-precio, anexó un Reserva Especial, con añejamiento corto en barricas de roble francés y diez cepajes y mezclas en su abanico de opciones.
Y Santa Julia, siempre enfocada en mantener altos estándares de calidad a bajo precio, ha hecho una interesante renovación de etiquetas, que la hace más apetecible a los ojos de nuevos consumidores, con un atractivo guiño retro. Igualmente, su línea Santa Julia Magna se ha vestido de gala para retener a aquellos consumidores que buscan, por menos plata, un estadio mayor de complejidad y elegancia, como es el caso de su Malbec-Cabernet Sauvignon.
Los precios de todos estos productos oscilan entre los $30.000 y los $70.000. Por lo que se ve en los anaqueles, otros jugadores entrarán a este nuevo terreno de juego, esto es si Iván Duque, el imprevisible presidente colombiano, no se sale con la suya, dándoles otro martillazo fiscal a los importadores de vinos y, por extensión, a los consumidores.