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«Peleo luego existo»

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Abandonar su mantra de “no pelear con Uribe” fue un error grave del presidente Santos. Pero, peor aún fue decir que Uribe ya era “cosa del pasado”.

¡Nada podía herir más a ese personaje que creía que, sin él al mando, en el país se produciría la hecatombe, que oír que le dijeran que ya pertenecía al pasado, que estaba prácticamente muerto y que el sol seguía saliendo y la Tierra girando sin él! ¡Nada podía herir más su ego de Patriarca del Otoño que escuchar esa frase, precisamente de labios de su antiguo ministro de Defensa, que había sido elegido sucesor suyo contra su íntimo deseo, pues el candidato presidencial de su corazón era su exministro de Agricultura, bien apodado Uribito, quien le daba todas las garantías de que, al ser presidente, sería su títere y ventrílocuo! ¡Nada podía herirlo más que saber que esa afirmación había sido hecha por quien tampoco había sido el sucesor idiota que confirmaba su teoría de que, efectivamente, sin él, Colombia se había hundido en la hecatombe! ¡Y nada podía enfurecerlo más, que semejante cosa la pregonara quien llevaba gobernando año y medio con un espíritu conciliador, tan opuesto al suyo, y con una popularidad mayor que la suya!

Por eso, Uribe reaccionó ensoberbecido y, probablemente, en los días posteriores a la declaración de Santos, elevó su tono y su promedio de 12 trinos diarios. Sin embargo, en el fondo de su corazón, tuvo que saltar de alegría porque por fin había logrado provocar a su contendor y llevarlo al campo de batalla, donde él era y es imbatible, dado que es incansable.

“Si alguien rifa una pelea, Fulano compra la mayor cantidad de boletas, a ver si se la gana”, dice la esposa de un amigo que tenemos en común con el expresidente Uribe, paisa también, como la mayoría de los principales guerreros de este país. ¡Pues Uribe es como nuestro amigo: no puede vivir sin una pelea! Si no está librando una batalla, se desestabiliza. ¡Y mientras más encarnizado sea el combate, mejor! Seguramente él no dice, como Descartes, “pienso luego existo”, sino “peleo luego existo”.

Según el sicólogo Miguel Bettín, experto en adicciones, los adictos al poder suelen ser hijos de padres autoritarios y construyen su autoestima a partir del reconocimiento que les genera el conflicto. Al darle la pelea, Santos le alimenta su autoestima. Y el presidente no pude tratar ese asunto argumentalmente, porque Uribe no va a entender sus argumentos. A él lo único que le interesa es agredirlo y provocarlo. Santos está cediendo a su provocación sicológica. Si no lo determinara, si lo ignorara, Uribe se ensoberbecería al comienzo, pero acabaría retirándose y buscando otro contendor, ¡por supuesto, no tan atractivo como quien ostenta el poder y no ha fracasado en el gobierno! (En una encuesta del Centro Nacional de Consultoría, del 7 de mayo, Santos mantenía 81% de popularidad y Uribe 65%).

Si el presidente le diera a Uribe una respuesta paradójica, como ensalzarlo, lo desconcertaría, como sucede en esas situaciones, según explica Bettín.

De modo que lo mejor que puede hacer Santos es ejecutar cuanto antes su programa de gobierno, permitir que Uribe se canse de pelear solo y tenga que elegir otro contendor (como, por ejemplo, lo es ahora el periodista Roméo Langlois, recién liberado por las Farc).

Sí, lo más sabio que puede hacer Juan Manuel Santos es no volver a abandonar ese mantra que repetía en sus meditaciones de cada mañana: “no pelear con Uribe”.

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