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Es el trigésimo primer día del encierro y faltan siete aún, si no más; hace cuatro días falleció Rubem Fonseca y casi de inmediato se fue también Luis Sepúlveda, el chileno que puso a un gato a enseñarle a volar a una gaviota, como promesa a otra gaviota que murió por peste negra, pero no la medieval sino la nuestra, la de un derrame de petróleo. A Sepúlveda, por cierto, se lo llevó el coronavirus.
Mientras escribo, afuera grita algo una familia trashumante, de las que no tienen dónde dormir por estos días porque los expulsó un pagadiario, esa modalidad de albergues de combate a $7.000 la noche, siempre implacables con el cobro. El grito ya se escucha firme y claro: “Buenaaaas”, para ver si alguien se asoma a la ventana y advierte su llamado: “Tenemos hambre”; así no más, sin peroratas ni convencionalismos transmilénicos. Con breve dignidad.
Hace una semana vi el video de la influencer Paola Aristizábal, con su voz paisita y la vehemencia que dan las razones de la fe (“los que no creen en Dios se pueden ir”). Y luego soltó aquella leyenda de un niño que le reveló el secreto, a no sé quién, para detener esta pandemia: un pelito que hay que buscar en las páginas centrales de la Biblia, en la parte de los salmos, y que se debe poner a hervir en agua. Así, luego de beber agua con pelo el enfermo se cura y el sano evita contagiarse.
No tengo Biblia, pero extrañamente en los días que siguieron empecé a toparme con el pelito sanador en varios libros, en uno de Renato Cisneros, en Los novios, de Manzoni, en otro más sobre la peste negra (esa sí, la medieval). Pero también lo empecé a encontrar en el lavamanos, en la mesa de noche, en la tapa del inodoro, en la pantalla del computador… ¿una señal?
No; es más bien que la quietud, la pausa, este extraño entretanto que nos brindó el coronavirus, permite aguzar la percepción, los sentidos, y captar el minúsculo milagro de un vello capilar que se repite en los espacios cotidianos, y que con los motores apagados de fábricas y autos son visibles de nuevo las cumbres del Everest, lo que no se conseguía desde el fin de la guerra contra Hitler.
No he podido ver el nevado del Tolima porque un edificio hacia el occidente me lo esconde, pero me impactó esa foto de un amigo en la cual se ve imperturbable y bello, recio, lejos de esta urbe plana y chata, desde donde verlo es algo excepcional. También me emocionó la foto del malecón de Lima con un océano Pacífico que volvió a ser azul, como era diez o doce generaciones hacia atrás.
En estos días he podido escuchar a mis vecinos en el momento de la ducha, sus conversaciones más intrascendentes, las puertas que abren y que cierran, el ruido de los cachivaches y las ollas, y no creo que lo hagan a propósito. Es que la ciudad se silenció y dejó oír los sonidos esenciales, los de la intimidad y de la vida. Nadie lo nota, pero Bogotá todos los días produce un clamor apabullante, áspero, como una máquina, una que tritura y ensordece. Todos tenemos una cuota en ese ruido y por eso solo se percibe al alejarse y ascender en las montañas.
Me asomo a la ventana y vuelvo a observar a la anciana que vive a todo el frente. Me han dado ganas de levantar un brazo y saludarla, de gritarle un buenos días, pero de nuevo se ha entrado del balcón y la mano me quedó a medio camino. Intuyo que está sola. En ese ejercicio rutinario y forzoso de observar a los vecinos que la verticalidad de los edificios nos impone, sospecho que está sola porque nunca la he visto con alguien diferente en el espacio de su sala. Y ahora más que nunca porque desde finales de noviembre no pasea al perro con el que salía cada tarde rumbo al parque, ni se ve con él en el balcón tomando el sol en la mañana. ¿Habrá familia? ¿Tendrá a alguien a quien esperar o en quién pensar? La soledad por estos días debe estar matando tanta gente como el virus.
Es un tiempo muy raro este de confinamiento y de nuevas suspicacias hacia el resto de la gente, pero ahora no nacidas del eterno acertijo psicológico que siempre ha sido el otro sino de cosas que solo se pueden ver al microscopio. He vuelto al Decamerón y me parece divertido sentir que lo de hoy es similar a aquella peste de Florencia que obligó a huir a diez muchachos a una villa donde se pusieron a contarse cuentos. Ahora no hay adonde huir, solo recluirse, y en vez de cuentos hay miles de memes que van llegando a cuentagotas. Y realmente hay unos tan buenos como la mayoría de relatos de Boccaccio: el náufrago que se esconde detrás de la palmera para que no lo rescate un trasatlántico, el de la última cena en teleconferencia y con Jesús afrontando a Judas tras haber dejado abierto su micrófono, los perros exhaustos porque los ha sacado a pasear todo el conjunto, la Barbie gorda después de cuarentena, y el doctor Chapatín entre los asesores científicos de López Obrador. Hay un hilo conductor entre los cuentos de Boccaccio y el video de Paola Aristizábal que casi 700 años más tarde, y a pesar del siglo de la Ilustración, de un siglo de las luces, una aldea global, un pensamiento científico triunfante, demuestra que pervive un oscurantismo ridículo y peligroso en esta sociedad ultrainformada.
Es duro tener que ver la vida solo en el rectángulo plano de un computador y saber que el pequeño Iván narró un partido de fútbol contra el COVID-19 en compañía de Vinasco, que Boris Johnson se salvó de la infección y que toda la culpa de esto la tiene la OMS, según Trump. Ah, y que varios alcaldes de estos pueblos de Colombia compran latas de atún a $20.000 y libras de arroz a $14.000.
Esperen a que podamos salir de nuevo a las calles, malparidos.