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En el Magazín Dominical del día 8 de enero de 1984, Juan Gustavo Cobo Borda definió a Andrés Caicedo como «el más valioso escritor joven colombiano». Los criterios y las opiniones cambian, eso es respetable.
28 años después el señor Ángel Castaño, en la pasada edición dominical, menosprecia su capacidad narrativa, calificándolo como “un malogrado escritor”. Critica a quienes lo elogian por el hecho de no haberlo conocido personalmente. La verdad, tampoco conocí a Caicedo, como tampoco conocí a Proust, a Perse ni a García Márquez, y no por esa razón uno se ve impedido de hablar u opinar acerca de uno de ellos.
Está bien que no le agrade o impresione como escritor, pero no está bien que utilice este medio tan respetable para herir hondamente el entrañable recuerdo que dejó en sus padres. Qué triste espectáculo, de quien juzga sin un conocimiento hondo de las cosas; Andrés, por ejemplo, no se suicidó a los 26, sino a los 24, tal como él lo había determinado; tenía una convicción clara y sosegada frente a su muerte y tomó su trágica decisión absolutamente consciente de que moriría y no, como el señor Castaño afirma en tono burlesco, cuando dice que “se le fue la mano en la droga”, como si fuera algo accidental y no planeado. Cuentos como Maternidad encierran, ya en sí mismos, estructura y genialidad poco comunes en la literatura colombiana. Pero aun en un análisis más profundo, Andrés llevó a la literatura colombiana la angustia de una juventud atrapada en los laberintos de la soledad, buscando, a través de la música y la rumba, aliviar el cansancio de su corazón.
Al final, en otro acto de suprema ignorancia en esta área, arremete de manera burlona contra la fe cristiana, argumentando que a no ser por las invenciones de Saulo de Tarso, Jesús de Nazaret hubiese sido sólo un delincuente más, porque según él, Pablo nunca vio a Jesús, lo cual según la Biblia es falso, pues Saulo le vio camino a Damasco. Ignora el señor en mención que más allá de los escritos paulinos, el cristianismo se sostiene no con base en supersticiones, fábulas, mitos o procesiones, sino en un hecho histórico contundente: la resurrección corporal de Jesucristo.
Pero más allá de todo ello, lo más grotesco y ofensivo del artículo es ver esta clase de intelectuales que reclaman respeto por sus ideas y convicciones, pero no dilapidan una sola oportunidad para ridiculizar y menospreciar las de los demás.
Jorge Alberto Cardona. Ibagué.
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