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Un crimen que paga

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Los terroristas que pusieron la bomba al carro de Fernando Londoño y que casi terminan con su vida deben estar dichosos por las repercusiones de su vil acción.

Aunque no lograron su objetivo de matar al exministro del Interior, como sí lo hicieron con su conductor y con un escolta y al herir a 39 personas, deben seguir celebrando porque la opinión pública no respondió contra ellos en forma categórica y unificada, condenando el atentado. Un sector, liderado por el expresidente Uribe y el propio Londoño, se fue lanza en ristre contra el presidente de la República, y otros se dedicaron a atacar al expresidente y a sus seguidores. Muchos, además de tomar partido, se dedicaron a discutir quién hizo el atentado, pero ni lo condenaron ni cerraron filas en torno a la institucionalidad. Así, no exagero al decir que, desde hace mucho tiempo, el crimen no lograba un triunfo de tal magnitud.

Las sociedades más avanzadas son precisamente más avanzadas porque aprenden de sus errores, para no repetirlos. Si en este momento algo parece decirnos que Colombia está condenada al atraso es porque no hemos aprendido de nuestro pasado, incluso del reciente. Hasta hace diez años íbamos rumbo a un Estado fallido por la conjunción de tres procesos letales. En primer lugar, por la presencia de grupos armados ilegales, algunos existentes desde los años sesenta, como las Farc y el Eln, y otros más recientes, como los paramilitares. Y unos y otros alimentados y fortalecidos por el narcotráfico. Segundo, Colombia llegó a esa crisis por las fracturas y polarización de su clase política, de las Fuerzas Militares y de la opinión pública, como consecuencia del llamado proceso 8.000. Y, en tercer lugar, a la presencia de un Estado que no tenía el monopolio de la fuerza legítima y a la fractura de su dirigencia se sumó una crisis internacional que derrumbó el PIB en más de un 4% en 1999. Por esas razones, se llegó al mal llamado proceso de paz y a la zona de distensión de San Vicente del Caguán.

Hoy en día seguimos con unas guerrillas que están debilitadas con relación a 2002, pero no están extinguidas, y existen también nuevos grupos paramilitares que extorsionan y generan terror, como ‘Los Urabeños’, las ‘Águilas Negras’ o ‘Los Rastrojos’. Por su parte, la clase dirigente, a juzgar por su reacción al atentado contra Londoño, tiene un grado de polarización muy alto, que comienza a recordar las fracturas de los años noventa. Además, hay una nueva zona de distensión que se llama Venezuela. En estas circunstancias, nos sostiene la economía, que está creciendo a tasas altas, generando mucho empleo, reduciendo la pobreza e incluso mejorando la distribución del ingreso.

Quiero ser claro: estamos mucho mejor que hace diez años, pero no tenemos nada asegurado y podemos volver a retroceder. La crisis económica internacional continúa y, además de la situación de Europa, nos puede golpear una eventualidad, como una abrupta desaceleración de China. Una sola de las tres causas que condujeron a la crisis de los noventa debería preocuparnos. La conjunción de dos es ya grave y la presencia de tres nos podría conducir, otra vez, hacia un Estado fallido. Pero confío en que la gran mayoría de los colombianos pondrá los altos intereses de la Nación por encima de las avaricias tribales. 

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