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La tele inevitable

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La televisión está encendida y uno se encuentra, digamos que a la hora de comer, en frente de la inevitable pantalla o simplemente pasas, pero no de largo y te detienes un momento.

Sin más disculpas, programas hay que obligan, nos disgusten o no, algunos de ellos informan y no podemos obviarlos.

El Yo me llamo ha sido de gran éxito familiar, pero igualmente se va haciendo repetitivo (Calzadilla se desenvuelve con todo y sus alaridos guturales; hay que ver cómo lo imita Polilla en Sábados Felices). Muy bueno el panel: Grisales, dueña y señora; Martínez, agradable, conocedor y con simpatías en el público; Luz Amparo, experta en el tema de la imitación.

Por supuesto que allí no ganan los que uno quisiera (la cifra del premio, como tal, no compensa el esfuerzo). Es difícil entender los pormenores de un juego en que el público finalmente elige y se decide casi siempre por los que interpretan vallenatos. Al Señor de La Junta, pese al triste caso de Doris Adriana, se le sigue venerando, y su imitador es ganancioso de entrada. Vaya.

Han sido marginados excelentes imitadores, algunos del tramo pasado, que emulaban en calidad con el personaje copiado, como Nino Bravo; o la Ronca de Oro interpretada graciosamente por quien hizo el plagio de Helenita Vargas, pero con pocas posibilidades, no sé si hubo discriminación; muy bien los Divos, con público ferviente y esto en la nueva temporada; esforzada la Guarachera de Cuba, aunque corta de estatura y lo corporal importaba, vaya si no, en el caso de Celia. José José resultó un fenómeno de herencia paterna y otros hubo dignos del primer puesto. Pero ocurre que en el arduo proceso de eliminación la repetición se convierte en un concurso reiterativo como de baile sanjuanero. El certamen encierra en sí mismo un problema: quienes participan son anónimos y su esfuerzo es el de sólo un remedo, más o menos afortunado.

En el otro canal, RCN imitó el esquema y resultó igualmente de gran interés, habiendo traído el circo a la casa. Porque principalmente fue este el género escogido, en ocasiones lujosamente montado. Uno en Bogotá puede ver en los semáforos a ciertas personas a quienes la necesidad convierte en artistas circenses, de no poco mérito. A muchos y muchas de la calle los trajo Colombia tiene talento a un más digno escenario. Locuaces las señoras del jurado, cómo no, y envidiable la facilidad de palabra de la imperativa Azcárate. Cardona hizo de semáforo en verde. Fatigado y permisivo, terminó con gafas y corbata de adulto.

* * *

Volvió Suso y, bueno, hay gente que lo sigue. Respeto a la gente. Es el vestuario del Chinche Ulloa más la caja “embellecedora de calzado” del inolvidable Heriberto de la Calle. En la tele uno escoge, pero, en medio del trajín de la vida, equivale a mirar para otro lado. 

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