Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Esta columna tratará sobre la crítica condición de los artistas populares resultado de las cuarentenas obligadas por la pandemia de Coronavirus. Más mi corazón me indica que inicie honrando la memoria del marionetista cartagenero Camilo de la Espriella, que el pasado 8 de abril, a los 64 años, falleció a causa de una diabetes larga y severa.
En Bogotá, mientras cursaba estudios universitarios, se enroló como utilero en el Teatro Libre. Allí, debió ser Germán Maure quien le inculcó el gusto por los títeres, pero fue en el 1983, en el Instituit del Teater de Barcelona, donde se hace marionetista aprendiendo las técnicas de crucetas múltiples con Harry Tozer. Fue Titiritero trashumante por las plaza y terminales europeas presentando variedades musicales con personajes caribeños; participó en un moteje del prestigioso director Filipphe Genty, lo que cualificó la dramática de sus números, en adelante construía y animaba personajes de carácter. Cuando volvió a Colombia en 1996, la diabetes congénita había afectado su sistema inmunológico, la insulina era su soporte. Empezó a crear personajes dramáticos: “marionetas con sicología” me explicó, el vagabundo ebrio sería su personaje emblemático, cuando lo animaba se hacía uno con la marioneta, porque era su alter ego. El marionetista solitario como yo le decía nos asombró con la magia de sus hilos, pero no le alcanzó la vida para realizar la obra que soñó. Su trasegar como artista independiente nunca le dio para afiliarse a una empresa de salud. La poética de sus criaturas plenas de sinceridad y honestidad son el legado del solitario Camilo Ignacio de la Espriella Castro. Paz en su tumba.
Cómo él, muchos artistas populares resisten el desamparo del Estado y subsisten de su oficio atenidos al albur de cada día. Tal condición, al borde de la vulnerabilidad se evidenció patéticamente en la cuarentena obligada por la pandemia de coronavirus.
Los más afectados por la medida de confinamiento son los artistas que requieren del público; igual los empresarios del espectáculos, las salas de teatro, los actores, los músicos, hasta los serenateros y peor los artistas callejeros que dependen del rebusque. Unos y otros saturaron las redes clamando ayudas del gobierno. En Colombia, los artistas, como los sectores sociales, también están estratificados, así mismo ahora se dan mendicidades desde el estrato seis que reclama condonación de deudas y de impuestos hasta el estrato cero que pide un mercadito.
¿Cómo vivir del arte en cuarenta? ¿Qué le depara el destino a las artes escénicas? – se preguntan alertados los artistas del espectáculo, y, todos, por inercia acaso preconcebida, vuelcan su expresión al mundo digital. Y, claro, los potentados de las comunicaciones, ofrecen, ofertan, ufanos los nuevos espacios de expresión, los ciberescenarios para la “ libre expresión’.
Por supuesto, los emporios globales de la comunicación (Facebook, WhatsApp, Twitter, Instagram, etc.) también imponen cánones estéticos congruentes y ventajosos para su negocio. La palabra de moda es “REINVENTARNOS” pero a imagen y semejanza del mercado. Ya se ve que los vídeos musicales, los youtuber, los tutoriales se parecen, el negocio del neo espectáculo virtual, horma los productos a su antojo. Ahora, en la contingencia del Coronavirus, los artistas fanáticos de los ciberescenarios, ni siquiera perciben el tapabocas virtual que les normatiza la expresión.
El equilibrio ético estaría sí además se invirtiera creatividad para expresiones presenciales, que guarden todas las seguridades y prevenciones contra el contagio. Me imagino, con la antigua técnica de los Autos sacramentales, montar espectáculos en tarimas rodantes que las gentes puedan ver desde sus casas, por las ventanas, en los balcones. Las grúas del mantenimiento eléctrico bien podrían vestirse de dragones, de héroes gigantes para escenificaciones urbanas. Bailarinas cumpliendo su arte colgadas de globos aerostáticos. O de modo más sencillo, serenateros que se valen de las nuevas tecnologías de amplificación de sonido para ofrecer sus canciones respetando la distancia social, juglares que se toman las inutilizadas canchas deportivas de los conjuntos residenciales para el goce del vecindario.
Son ideas lanzada al viento, confiando en que tal vez estimulen el ingenio de la generaciones Pos Pandemia, porque presiento que las empresas de redes y plataformas virtuales impondrán sin agüero su mercado.
Yo sé que el arte verdadero, aún en pandemias, sabrá existir y sobrevivir sin tapabocas.