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La copa sin rey

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La final de la Copa del Rey, disputada entre los equipos emblemáticos de Cataluña y el País Vasco, ambas regiones con aspiraciones independentistas, se agitó por tres circunstancias:

La crisis de la casa real española, una institución que debía ser un referente de la unión de las distintas comunidades; la profunda y larga crisis económica de España; el magnetismo de los equipos de fútbol que, como en otras oportunidades de la historia española, se convierten en puntos de convergencia de las nacionalidades y sus anhelos de autonomía. Debido a las tensiones exacerbadas, el martes pasado un grupo de extrema derecha denunció que el partido se iba a convertir en “un aquelarre del separatismo”.

De hecho, el príncipe Felipe y el himno de España, como en Valencia hace tres años, no se salvaron de la anunciada silbatina de los hinchas vascos y catalanes. El joven príncipe representaba a un rey ausente, viejo y desprestigiado que padece el escándalo de la corrupción de un miembro de su familia y la vergüenza de haber tenido que pedir excusas por sus repetidas frivolidades exhibidas ante el empobrecido pueblo español.

España está sumida en la recesión, el desempleo y la desesperanza. Con el fin de complacer los mercados y los requerimientos de la canciller alemana, desde hace dos años el gobierno central hace recortes y más recortes en las nóminas y servicios sociales. Y, como el presidente Rajoy no cesa de exigir que las comunidades autonómicas utilicen el bisturí fiscal, se han agudizado las históricas tensiones entre Madrid y algunas comunidades.

El PP y el PSOE, que por varios años dieron directrices nacionales a la política española, han sido desplazados del gobierno de las principales comunidades por partidos autonómicos. El País Vasco y Cataluña, conducidos por grupos políticos con vocación de independencia, mantienen una difícil relación con el gobierno central, ahora dirigido por un rígido partido de la derecha que les trae a esas comunidades los peores recuerdos de la época de la dictadura.

Dentro de ese marco de tensiones surge el duende del fútbol. El Barça, “el azul heroico y grana” al que le cantó Alberti, el maravilloso espectáculo de Messi de los últimos años, como dice su eslogan, es “Més que un club”. Sus triunfos llenan de orgullo a los catalanes y animan sus aspiraciones autonómicas. Su propia literatura sostiene que el equipo defiende “la identidad y los derechos nacionales de Catalunya” y apoya “las libertades democráticas” de su pueblo. El mismo Guardiola, hablando en catalán cada vez que podía, se declaraba independentista. Así como hace décadas, el apego apasionado al Barça fue una forma de reaccionar ante el dictador fanático del Real Madrid, en los grises tiempos de hoy, el nacionalismo catalán se exalta y se alegra con las hazañas del Barça.

Aunque el Bilbao de Bielsa no ha alcanzado, ni de lejos, los logros ni la magia del Barça, sus sonados triunfos y luchas son seguidos por sus hinchas con una intensidad y una pasión que no se pueden explicar sólo por los aspectos deportivos.

Es posible, sin embargo, que, como en las primeras olimpiadas o en el fútbol sedante de la época franquista, este ruidoso revuelto de deporte y nacionalidades, que se acumula con los conflictos económicos y sociales, se sublime y se disuelva en la nada cuando se silencien los cánticos y los pitos de los estadios. 

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