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Comenzó a sospechar seis meses después de la primera clase de su hijo en la escuela de fútbol La Dinamita.
Sin embargo, dejó sus dudas a un costado, en parte porque no quería decepcionarse, en parte porque no tenía mucho tiempo para ir a cerciorarse de la realidad. Los sábados, sábados de fútbol para Esteban, eran sábados de trabajo para don Orlando. Cada quien a sus labores, cada quien con sus obligaciones. Él había jugado, se había embarrado, había conocido la ciudad mientras iba en eternos buses en busca de canchas y se había devuelto con el alma en la mano más de una vez por un partido perdido o un penalti errado. Sabía de fútbol más que ninguno, aunque otros recitaran alineaciones de memoria y hablaran de Silvio Quintero, del Papo Flórez, de Juanito Moreno y de tipos así, y sabía de fútbol porque conocía sus dolores, sus alegrías, sus miedos, sus trampas. Solía contar que de Roberto Bolaño prefería, entre todas sus escenas, la de aquel poeta de Los detectives salvajes que duró tres o cuatro años sin trabajar y sin escribir porque no le llegaba la inspiración, y gastaba sus días jugando al fútbol con algunos jóvenes del barrio con quienes se tomaba después de los partidos unas cuantas cervezas. Su mujer, poeta también, pero poeta de otra época porque a ella sí le tocaba trabajar, un día le preguntó, molesta, desafiante, qué era lo que tanto conversaba con los muchachos del barrio después del fútbol. Él, solemne, le respondió que “les enseñaba las verdades esenciales de la vida”. Don Orlando hubiera cambiado los recuerdos de su vida por saber cuáles eran aquellas verdades esenciales del poeta, pero se conformaba con repetir hasta la saciedad que Albert Camus dijo alguna vez que lo que había aprendido sobre la moral y las costumbres de los hombres lo había aprendido en una cancha de fútbol. Esa era su verdad esencial, aunque la hubiera tomado prestada.
Por eso no quería investigar demasiado sobre su hijo y La Dinamita, sobre los porqués de sus silencios cuando le hablaba de fútbol, sobre su ropa, demasiado limpia cuando llegaba los sábados en la tarde. Sentía miedo, pánico, de que fuera verdad lo que le habían dicho, que Esteban iba a la escuela de fútbol porque entrenaba para ser locutor.