Tiempos de heterodoxia

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Esta crisis no solo es global. También es una crisis sin retorno, en el sentido de que los tiempos por venir van a ser muy distintos a los precedentes. En las crisis sin retorno el mundo sigue girando, pero no vuelve a ser el mismo de antes. Se produce un agotamiento del modelo estructurante del sistema de vida. Es una especie de colapso que demanda esfuerzos por construir pensamiento, valores, instituciones. Se impone la necesidad de pensar el futuro para no tener que aceptarlo, simplemente, como venga, o para no dejarlo en poder de un instinto sagaz, una mente errática, una mano invisible.

Que nada -o muy poco- será igual, es algo en que ya coinciden distintos personajes del mundo, empezando por los gringos, más allá de sus posturas políticas. Henry Kissinger, por ejemplo, escribió en el Wall Street Journal del 3 de abril que “la pandemia del coronavirus va a cambiar para siempre el orden mundial”. El último libro de Bernie Sanders se titula “Contra el capitalismo salvaje”. El Financial Times vaticina un volantazo Keynesiano. Están reconociendo que el motor de la economía no es el capital financiero, básicamente especulativo, sino la gente produciendo bienes y servicios. Incluso las instituciones públicas sistematizándolos. Es el corolario de las afirmaciones de Alan Greenspan, hace 15 años, cuando dejaba la presidencia de la Reserva Federal: “Una avaricia infecciosa se ha apoderado de nuestra comunidad financiera…yo estaba equivocado cuando pensaba que la regulación era innecesaria porque el mercado podía fiscalizarse a sí mismo”. Claro, con la ayuda de la mano invisible.

Hace cuatro décadas apareció una heterodoxia que se volcó a mirar el crecimiento del Producto Bruto como medida suficiente y exclusiva del progreso. Con la ayuda de los organismos financieros internacionales, convirtió esa idea en dogma del mercado, al mercado en dogma de la economía y a la economía en trasunto de las ciencias exactas. Pero la economía no es dogmática porque, para empezar, es una ciencia social. Sus voceros la convirtieron en disciplina inescrutable, esotérica, hermética, cuyo lenguaje impenetrable terminó reservado para especialistas. Semejante criterio sólo sirve para suplantar la voluntad de los ciudadanos y asaltar desarrollos democráticos.

La heterodoxia en ciencias sociales ha dejado buenos legados históricos. A mediados del siglo anterior Costa Rica transitó por la heterodoxia política, bajo el liderazgo de José Figueres, y construyó un nuevo país. Hoy sigue siendo el más estable de su región. En la crisis de 2008, el gobierno de Islandia transitó por la ortodoxia económica: Llegó al punto de permitir cierre de bancos, a su juicio corresponsables de la crisis, pero salvó su economía. Hoy, el gobierno de El Salvador, suspende el pago de servicios públicos, de hipotecas y alquileres de viviendas y comercios. Es una muestra heterodoxa que vale la pena analizar. Por desgracia la ortodoxia lo impide, pues está comprometida con las formas organizacionales vigentes. Solo que son ellas las que entraron en crisis.

La diferencia es que esta crisis es global, originada en una pandemia insondable, cuyas características están comprometiendo el funcionamiento de todo el modelo vigente. Semejante tragedia impone respuestas heterodoxas, o la crisis se nos va a volver una hecatombe. No hace falta ser especialista para entenderlo, ni tampoco para ayudar en el diseño de la nueva arquitectura. Necesitamos construir esa especie de herejía política y así convertir esta crisis en una oportunidad esperanzadora para la especie humana.

@inefable1

* Presidente de la Academia Colombiana de Jurisprudencia.

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