Peste

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Escribo para atrapar el espíritu de la época. La nuestra ¿de qué está hecha? Una súbita detención tan alucinatoria como hiperreal. Mudez. No tengo dolencias. No estoy enferma. He cumplido más de 30 días en bendecido confinamiento. Lo observo todo desde el silencio sepulcral que se ha instalado en la esquela familiar. Todos los días están hechos de una temporalidad viscosa. Las horas están teñidas de melancolía por lo que era y no es ya.

Un hombre importante para mí contrajo el virus en París. Una amiga reciente lo contrajo en Nueva York. Mi hermana está en Manhattan, salva, mientras escribo. Mis amados padres aguardan en Cartagena de Indias. La escritora estadounidense Siri Hustvedt escribió para El País sobre enfermar a comienzos de marzo, sobre la fantasmagoría que ahora se ciñe sobre las calles, avenidas y los rascacielos neoyorquinos. Escribió sobre la inmediatez del orden que estamos dejando de conocer. Su proximidad. Sobre este intersticio. Un portal entre dos mundos. Y escribe también sobre las pandemias, que se replican en el tiempo, que han estado antes aquí, arrasando pasmosamente y sobre esta, que hace diez años fue anunciada por la virología.

Escribió sobre lo que estoy leyendo yo, desde esta soledad ínfima, persiguiendo símbolos escurridizos, atravesando la circunstancia en vivo, como todos, sin una finitud visible. Cada día una lectura que acumula hechos y nos deja, antes del sueño, advirtiendo que la muerte existe, que es fáctica, que vendrá. Que estamos confinados para que no venga ya. Y la peste, vamos viendo, magnifica lo que ya estaba allí.

Lo que leo es el descenso estadounidense. Algunos de nosotros hemos navegado con atención esa historia del siglo XX. El declive del imperio. Un descenso antecedido por las desfiguraciones recientes –la llegada de Donald Trump a la Presidencia. Todas las verdades que se removieron con él, un país que vendió su sueño de ascenso económico sobre las venas de la libertad y la democracia. Un país con un flanco malherido porque durante dos términos un hombre negro ocupó la Presidencia, alebrestando todos esos brotes de misoginia y supremacía blanca –los ecos del filme de 1915 Birth of a Nation, lo que batalló el movimiento de los derechos civiles. La negación de la otredad, el apego a un obtuso modo de nacionalismo, la idolatría hacia el dinero. Entender que al final de cuentas es un país cuyos documentos grandilocuentes sobre igualdad y libertad fueron hechos por y para varones blancos solamente. ¿Entender el horror actual como una especie de consecuencia karmática? El imperio de Occidente exhibe un líder que representa lo que Hustvedt llamó una “fantasía colectiva de virilidad narcisista.” Lo que cruje es eso también.

Y los animales quemados. Los 500 millones de criaturas consumidas por fuegos abrasivos, hogueras anunciadas por los predicadores ambientalistas. Insistentes pero desoídos. ¿Podíamos avanzar sin ninguna consecuencia? ¿Podemos leer los hilos? Lo que desoyen los patriarcas del orden actual es también ese conocimiento que desde hace unos años reclama y grita que la tierra está herida. Leo las expresiones máximas de la arrogancia patriarcal. La pandemia las ha exacerbado. La encarnan figuras como Trump, Bolsonaro, Johnson, AMLO. No podemos desconectar eso de su insolencia ante el conocimiento científico. Su espectacular arrogancia es un signo de lo patriarcal. No podemos desligarla de las formas en que, en su insistencia altiva, el conservatismo se apega a las cifras más que a la vida.

Leo que hay algo rotundamente femenino en esta herida. Qué es lo femenino. También es una forma de codificar. Todo aquello natural, desconocido, difícil de controlar, inexplicable, terrenal, imperceptible. La pandemia es una mirada que magnifica. Sobre las ciudades despobladas se izan las preguntas. Si vendrá un periodo de cooperación global o de localismo exacerbado. Se habla de una aceleración de procesos más que de transformaciones radicales. Se habla de una lección de geopolítica. Se habla de las grietas, que ya eran visibles, de un capitalismo devorador e inhumano. Se interroga el consumismo, la soledad desahuciada que existe a pesar de la hiperconectividad. Frágiles ante un virus, que actúa como recuerdo de que hay diferencias inventadas y que al final somos susceptibles ante un malestar veloz y voraz –unidos y separados. Como siempre, desde antes. Hemos vivido en la era de la subjetividad digital.

Y lo que magnifica también gira alrededor de otras cosas que se han codificado como lo femenino. El cuidado. El entorno doméstico. La atención a otros cuerpos humanos. Todo ostenta una lógica femenina que no podemos desligar de las continuas marejadas feministas que nos abrazan. El conocimiento científico puede ser asociado a lo desconocido. La tierra parece estar herida, hastiada, en su ira nos ha confinado. También ella es femenina. Qué se cae. Qué reparamos. Los ocho países que mejor han respondido a la crisis tienen mujeres como líderes. Se empieza a sembrar el dolor del hambre. En las filas del horror están los que cuidan y sanan, en el oficio de la salud. La violencia, en espacios cerrados, se recrudece hacia mujeres y niños. Se detendrán las cifras, los dineros. Qué desolado es el silencio, lo que se imagina.

En mi consciencia danzan las postales de los lugares, ahora vacíos, donde no bailaba los fines de semana, donde las gentes estaban jóvenes y vivas. Cada circunstancia de aglomeración me despierta un leve ardor, un sentir de pérdida ante lo que no es posible. Todo tan fútil. Quiero sacudir la sensación de que mis palabras son superfluas. Pero me da vida escribir. Desde la perplejidad, me apego a este ínfimo pedazo de forma de vida. Esperanza precisa.

@vanessarosales_

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