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En las actuales circunstancias de la pandemia COVID-19, es inaudito que el Gobierno desatienda los clamores de médicos, enfermeras y demás profesionales de la salud, incluido el sector administrativo, para recibir lo mínimo: protección a sus vidas para poder atender con rigurosidad sus obligaciones. Debería ser la prioridad en todas las estrategias de atención a la emergencia. Pero el comportamiento gubernamental es incoherente y mezquino al no agilizar los recursos que permitan, en efecto, contar con los recursos financieros y logísticos para seguridad de sanos y enfermos. La actitud presidencial y ministerial es como pretender que un hambriento reparta comida a otros más infelices que este. Vivir en cuarentena para verlo y contarlo.

Prioridad: protección al personal de la saludEn las actuales circunstancias de la pandemia COVID-19, es inaudito que el Gobierno desatienda los clamores de médicos, enfermeras y demás profesionales de la salud, incluido el sector administrativo, para recibir lo mínimo: protección a sus vidas para poder atender con rigurosidad sus obligaciones. Debería ser la prioridad en todas las estrategias de atención a la emergencia. Pero el comportamiento gubernamental es incoherente y mezquino al no agilizar los recursos que permitan, en efecto, contar con los recursos financieros y logísticos para seguridad de sanos y enfermos. La actitud presidencial y ministerial es como pretender que un hambriento reparta comida a otros más infelices que este. Vivir en cuarentena para verlo y contarlo.

Cuando el ministro de Salud salió a anunciar que se graduarían no sé cuántos médicos para alivianar la responsabilidad asistencial, el común de los colombianos sentimos una pizca de tranquilidad. Pero enseguida los directivos de las asociaciones médicas hicieron conocer la realidad: les dijeron con toda tranquilidad que había plata para pagarles y que los jóvenes profesionales entrarían a engrosar el cuerpo médico. Eso me parece la farsa más grande entre las muchas farsas que arma el equipo de gobierno, seguramente con su líder de comunicaciones a la cabeza, para “quedar bien”,. Pero quedan en ridículo. Qué le cuentan los ministros —y los mandos medios como reyes— para que salga con tanto descaro a pregonar promesas y más promesas mientras en la vida práctica los doctores se mueren, las enfermeras se enferman, terapistas salen corriendo por temor a sus vidas, con un personal de servicios generales que permanece por física necesidad de sus salarios, expuestos ellos y sus familias a un contagio seguro. ¿Es que no se dan cuenta?

El ministro de Hacienda estorba con sus declaraciones ahora, pues considera que su función vital es anteponer la economía a salvar el mayor número de vidas humanas. Se le pide que haga su trabajo de manera más discreta, procurando que sean efectivas las ayudas de que tanto se jacta este Gobierno, si es que es cierto. Porque muchos afirman que los bancos siguen siendo sanguinarios como siempre, los mismos requisitos, las colas interminables, la hosquedad de los empleados, etc., etc. Un ministro de Hacienda para recordar en estos tiempos de coronavirus sería aquel que se sienta con el ministro de Salud para lograr soluciones de vida. Repuestos todos de esta tragedia, entonces sí a empujar la economía. Primero la vida, primero la salud, primero proteger al personal de salud.

Tampoco es gracioso ver al presidente en pantalla cada nada para explicar lo que va hacer. Quieren parecerse a Trump. En Europa son menos pantalleros y más efectivos. A los histéricos que estigmatizan a médicos y demás personal de salud, la vida les cobrará tanta mezquindad. Ana María Córdoba Barahona. Pasto.

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