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Hace años, muchos años, cuando leí una novela de Heinrich Böll que se titulaba Opiniones de un payaso, me encontré con una frase que repetí y repetí. Decía, “Soy un ´clown´y colecciono momentos”. Apenas la leí, cerré el libro, y como un autómata, empecé a pronunciar la frase, que era como tratar de adherirla a mis huesos, a mis venas. Necesitaba impregnarme de aquellas palabras, y de tanto intentarlo, me convencí de que aquel era el gran sentido de la vida. Fui con el tiempo y por el tiempo captando detalles y eligiendo los instantes que viviría de acuerdo con aquella premisa de Böll, y más de una vez convencí a alguien de que fuéramos a algún lugar porque el momento que vivíamos sería digno de nuestra colección, pero por aquella época creía que los momentos estaban dados, hechos, construidos.
Böll me llevó a Hesse y a Nietzsche, y por ellos, entre tantos oros asuntos, comencé a pensar que aquello de “colecciono momentos” bien podría ser algo determinado y construido por mí, o por todo aquel que decidiera coleccionar momentos. Del podría pasé al haría, y del haría, al hice. Construí momentos, los viví, los palpé y los coleccioné: Pequeñas reuniones, un café, sacar en la guitarra alguna canción, escribir un cuento o subirme al primer bus que pasara y llegar adonde el azar lo hubiera dispuesto. Poco a poco me fui dando cuenta de que los momentos coleccionables estaban por todos lados, y sobre todo, de que dependía de mí volverlos parte de mi colección. Yo podría provocar una mirada infinita o una situación imborrable. En últimas, todo era tan sencillo y tan complejo como vivir o ser vivido.
Obsesionado con los momentos, ligué momentos con felicidad, y empecé a comprender que no había una felicidad como absoluto, sino miles de millones de felicidades. Cada quien podía buscar y encontrar la suya, o las suyas, de acuerdo con infinitas variables, que se reducían esencialmente a su vida, a sus orígenes, a sus propios gustos. Dejé de creer en los anuncios de televisión que nos vendían la felicidad en cómodas cuotas mensuales, y en los “paraísos artificiales” de Baudelaire y en cualquier tipo de felicidad eterna, porque entre otras cosas, para que hubiera una felicidad se necesitaba su contrario, una infelicidad que le diera peso y valor. Visto bien, y aunque sonara absurdo, la infelicidad era un primer paso hacia la felicidad, o hacia la felicidad que comencé a buscar, que era, ante todo conocer, descubrir.
Por eso, cada pedazo de conocimiento que obtuve, me gustara o no, fuera conveniente o no, fue un momento coleccionado, y por lo mismo, un momento “feliz”.