Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Es preciso sentar una protesta por la manera ofensiva como tradicionalmente se ha presentado en televisión al habitante del Caribe colombiano.
Desde El siete mujeres, de Manuel Zapata Olivella, que intentaba mostrar el comportamiento montaraz, atrabiliario y abusivo de los terratenientes de nuestra región, hasta ahora con el tal Umaña, vulgar, de malos modales, inculto, da la imagen que de estos colombianos se ha difundido en la televisión: la de unos especímenes ordinarios, vulgares y exponentes de una moralidad relajada y pervertida, que acostumbran a la zoofilia. Esto es el estereotipo de un “corroncho” lumpesco. Visión que ya tiene su historia entre los pensadores andinos, a excepción de Estanislao Zuleta, desde Caldas hasta López de Meza, quienes, desde una perspectiva racista y europeizante, consideraron a los habitantes de los valles y de las costas como seres inferiores espiritual y culturalmente.
Parece ser que en la mente distorsionada de la gran mayoría de los habitantes de los Andes colombianos, de las programadoras televisivas y hasta de algunos “intelectuales” de esa región que no han podido desterrar el odioso y primitivo lastre de las discriminaciones regional y cultural, no les cabe la idea de que en el Caribe colombiano existan comunidades humanas con altos valores familiares, sociales, artísticos, científicos y filosóficos, que han contribuido con sus valiosos aportes a la conformación de la historia de este país. Y que la Región Andina, apreciada por ellos como superior y caída del cielo en paracaídas, es también escenario de comportamientos humanos que pudieran parecer pervertidos y censurables, sobre todo en aquellos espacios rurales alejados de los beneficios de la modernización y el progreso, en donde resulta un imperativo tangencial no sólo la zoofilia con la que perversamente han querido estigmatizar a todos los “costeños” de este país. Hábito que puede confirmarse, en pequeño, con este botón de muestra debido al periodista de El Espectador Julio Cesar Londoño, quien en su artículo “Una esquela para Fernando Vallejo”, le dice a este escritor vociferante, entre otras cosas, que no le hará “eco a rumores de sus devaneos zoofílicos, por respeto a los perros. Y a los costeños”, remate no sólo innecesario del párrafo, sino una muestra de la permanencia en la mentalidad andina, aun en la “culta”, de esa pulsión ofendedora, estigmatizante y casi que congraciadora con el escritor criticado que le obsequió a quienes cuidan animales el dinero del premio que hace poco le otorgaron.
Pero lo más triste de todo es que muchos “costeños” festejan a carcajadas este cuadro grotesco, ofensivo y distorsionado de su existencia social, personal y cultural, porque según muchos de ellos los actores de la televisión nos están representando verdaderamente como somos.
Álvaro Morales Aguilar. Bogotá.