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Regresa la genética

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La culpa fue de Hitler. Todas sus tonterías sobre raza privilegiada, eugenesia y limpieza racial estancaron el avance que habían tenido la neurología y ciencias afines a comienzos del siglo pasado.

Aunque ya se observaba que muchas conductas se basaban en condicionamientos genéticos, la ciencia dejó de lado por largo tiempo esta línea y se trasladó al terreno de las ciencias sociales por simples razones políticas. Más o menos se hizo énfasis en que el mayor componente de la vida mental era adquirido, que el centro de gravedad era el influjo de la sociedad y que la educación podría explicar casi todo.

El mismo Freud, que comenzó su carrera como neurólogo, dio el paso a la siquiatría hasta el punto de que nociones deterministas como el inconsciente quedaron supeditadas a elementos cruciales de la infancia.

Pero ahora todo ha cambiado. Los desarrollos de la neurofisiología, el estudio del cerebro y las relaciones de éste con la estructura genética le han dado un vuelco a la situación. Hoy, neurología y genética han ido cambiando desde los fundamentos del comportamiento de la mente hasta las propias prácticas terapéuticas.

Un reciente escrito de Sasha Issenberg (Born this way) recoge argumentos que tratan de demostrar que hasta la inclinación por políticas liberales o conservadoras tiene menos de comportamiento adquirido y mucho de genética. Se refiere primero a varios experimentos que muestran que debajo de la formación política hay una estructura que se rige por la repugnancia. Y que en estas repugnancias básicas están los cimientos de la elección política. Más adelante la autora narra como Fowler y otros (U. de San Diego) se concentraron en una variación genética conocida como DRD4-7R, ligada a los receptores de dopamina en el cerebro. Para decirlo fácil, es como si ser liberal o conservador pareciera más una adicción condicionada por la respuesta cerebral que a un largo proceso racional. No es que quede por fuera el impacto cultural y familiar, o la propia formación y convicción, pero sí que hay una combinación genética seriamente influyente. No hay aún gen liberal. Pero sí hay estructuras cerebrales que favorecen una u otra posición ideológica.

El asunto no para ahí: Jenny Tung y Yoav Gilad, de la Universidad de Chicago, lograron tumbar el preconcepto de que estrés, infarto y todo lo demás aumenta con posiciones de alta jerarquía. Trabajando con un grupo de macacos, encontraron que, por el contrario, los monos colocados en la base de la pirámide social padecieron respuestas bioquímicas que afectaron su sistema inmune. Estas respuestas dependen, a su vez, de la forma como se expresan ciertos genes. Al manipular la jerarquía, venían también los cambios en la química sanguínea. Pero no hay que entrar en pánico. Aunque la huella de una célula se transmitía a sus descendientes, también fue posible revertir el fenómeno. De modo que no todo es el destino (epigenética es el nombre de la técnica de activar y desactivar genes). Hay aún amplio espacio para las decisiones individuales. Pero en esta materia, los confines de la ciencia aún son desconocidos.

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Repudiable el atentado contra Fernando Londoño. Regresan los bárbaros.

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