Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Por Antonio José Sarmiento Nova*
En respuesta al editorial del 04 de abril de 2020, titulado “Sanciones y pederastia dentro de la Iglesia”.
Es execrable la conducta pederasta de religiosos y sacerdotes católicos, lo mismo que el proceder de obispos y superiores para silenciar tan grave asunto que recae directamente en la humillación de las víctimas y de sus familias. Un niño o joven victimizado es una afrenta a la dignidad humana, crimen que adquiere mayor gravedad al ser cometido por personas a quienes se les ha confiado su formación y cuidado.
Ya son muchos años desde que los medios de comunicación y el cine tomaron este asunto como uno de sus temas prioritarios de difusión y análisis, como corresponde a su responsabilidad profesional, con el encomiable objetivo de ayudar a construir opinión pública y de informar con objetividad. Sobre esto no hay discusión.
Es fundamental que los medios sigan manteniendo vigente este compromiso, hasta lograr que tal perversión sea definitivamente erradicada.
Sin embargo, en muchas informaciones se nota desinformación y se sigue presentando a la Iglesia católica como deficiente en sus medidas y realizaciones para frenar este crimen, junto con las de expulsar del sacerdocio a los inculpados, entregándolos simultáneamente a las autoridades judiciales.
Es conveniente saber que Iglesia no es solamente el clero, papa, obispos y sacerdotes, también son todas las comunidades, es más, estas son el fuerte del ser y del quehacer eclesial. De esto casi nunca hablan los periodistas.
A pesar de la negligencia de algunos responsables eclesiales para tomar actitudes de la mayor severidad, es bueno saber que sí se han tomado determinaciones, que ya son muchos los dimitidos del estado clerical, igualmente sometidos a las autoridades judiciales. Falta mucho, pero ya se están haciendo cosas con alto rigor, para reivindicar a las víctimas. A veces se tiene la impresión de un sesgo deliberado para no informar en totalidad, tal vez con el ánimo de generar animadversión hacia obispos y sacerdotes, en un país en el que hay muchos de estos que viven honestamente su ministerio y sirven incondicionalmente a sus comunidades.
La verdad que nos transmiten los periodistas debe ser siempre completa, objetiva, rigurosa, sin excluir ninguno de los aspectos del asunto que se somete a la opinión pública. Un editorial no puede expresar la subjetividad de quien lo escribe, como sí puede hacerlo el columnista diario o semanal. Es la ética de la profesión en su más alto sentido. El Espectador tiene una tradición moral que no puede sacrificar en aras de posturas más subjetivas de algunos de sus periodistas.
Desde nuestras posibilidades seguiremos trabajando con ahínco para hacer justicia a las víctimas y para retirar definitivamente del ministerio sacerdotal a quienes son responsables de tales delitos y vergüenzas morales, reconociendo también a tantos hombres que ofrecen su vida en honesto silencio y generoso servicio ministerial a sus comunidades, preferentemente a las más vulnerables y maltratadas por la inequidad social y la injusticia.
No más víctimas, no más depredadores, siempre veracidad informativa completa.
* Sacerdote jesuita.