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Independientemente de lo que pueda opinarse, de las visiones y los sentires distintos, el fallecimiento de la monarca británica este año cerró un ciclo enorme de nuestra historia.
La reina Isabel II del Reino Unido no solo fue testigo de las transformaciones sociales, políticas, económicas y culturales del siglo XX, sino que fue parte activa de ellas. Pensar en sus 70 años de reinado y en los cambios, desafíos y logros desde 1952 hasta 2022 es infinito.
En algunas latitudes subestiman la importancia de la monarca británica. Pero no es ninguna casualidad que aquellos que lo hacen no estén muy interesados en la historia, el sistema político y la filigrana sociopolítica para ir más allá de los lugares comunes.
Me gustaría que pensáramos en el reto personal de una joven mujer de 26 años que accedió al trono en la extendida sociedad machista de 1952. Los primeros años no fueron fáciles por el simple hecho de ser mujer, a pesar de su enorme inteligencia. Incluso su tío Eduardo se refería a ella como “Shirley Temple” en las odiosas cartas que compartía con Wallis Simpson, haciendo referencia a la niña estrella del cine infantil. Aun así, para hombres generosos, leales y devotos a la Corona como Winston Churchill, Isabel II era una niña que tenía un aire de autoridad inusual en un infante y la admiraba por eso.
Hay muchas razones por las que he admirado a Isabel II desde niño, tierna edad en la que solo pensaba que era una elegante señora que vivía en un hermoso palacio en Londres, y entendía que de alguna manera era la jefa. Ahora puedo decir ante todo que la admiro como mujer: como mujer fuerte, recia, estoica, analítica, sólida y lideresa. Por su inmenso sentido de la responsabilidad y su compromiso con una nación y una mancomunidad de naciones que mantuvo unida gracias a su dedicación, talento y brillantez.
En Reino Unido la reina Isabel II tuvo una favorabilidad superior al 85 %, por encima de cualquier mandatario en el planeta en décadas; aun en países de la mancomunidad como Canadá tenía una favorabilidad del 81 %, según Ipsos.
Una de las nociones menos exploradas por algunas personas que se atreven a hacer análisis es el sentido y la importancia del “servicio” como máximo acto de generosidad con un grupo determinado de personas.
Los británicos y demás súbditos alrededor del mundo no la alaban por mera adulación, sino porque han entendido que los privilegios monárquicos son insignificantes al lado de haber cumplido un juramento divino de servicio, en el cual se promete dedicar la vida entera a un trabajo hasta los confines de la muerte. Le agradecen que haya sacrificado sus pasiones, y junto a las de ella las de su consorte, para dedicar su existencia al servicio de su pueblo como jefa de Estado y como la madre generosa de todos sus súbditos. Fueron estos últimos quienes no lloraron la pérdida de una reina, lloraron la dolorosa partida de su madre.
Llevo conmigo el honor de haberla visto muy cerca en el funeral de Estado para Margaret Thatcher, el 17 de abril de 2013. Pude ver con mis propios ojos su energía envolvente y brillante, y pude ser testigo de lo que producía en su pueblo. Tan pronto se bajó de su limusina frente a St. Paul’s Cathedral, miles de británicos que me acompañaban cantaron con fuerza y afinación coral God Save the Queen como si lo hubieran ensayado durante meses. Es uno de los recuerdos más hermosos que tengo en mi memoria. Nunca había visto una nación espontáneamente respetuosa, agradecida y digna con una autoridad como la reina.
Años después, en 2016, su majestad nos recibió a los colombianos como invitados de honor en una visita de Estado sin precedentes. Ver nuestras banderas ondeando en The Mall, la calle frontal a Buckingham Palace, es una imagen que aún me toca todas las fibras. Como ciudadano colombiano guardo una inmensa gratitud con ella y su país por habernos permitido beneficiarnos de su generosidad.
Finalmente, como ser humano, deseo que descanse en paz porque así lo merecen los difuntos. Pero tal vez más los espíritus grandes.
*Internacionalista, Universidad del Rosario.