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La comitiva avanza por el camino empantanado, entre niebla y árboles; cuidadosamente envuelto en una tela blanca, cargado a hombros de los indios más jóvenes, va el cuerpo momificado de Alejandrino, un curandero embera que cuatro años después de morir le habló en sueños a su esposa Teresa y le pidió ser desenterrado y vuelto a enterrar en un cementerio de blancos. Al cabo de tres décadas viviendo en Filadelfia, Estados Unidos, Mama Icha resuelve regresar Mompox, su pueblo natal; la matrona de 93 años se reencuentra con su casa a medio caer por el descuido de sus hijos, y entre lágrimas parece comprender que ya no hay un lugar para ella en el mundo. En pleno piedemonte amazónico, un gran puente de concreto se levanta sobre la selva, suspendido en el tiempo y el espacio; ese es el final de una carretera que no lleva a ninguna parte, una fantasía de la ingeniería abandonada a la desidia estatal y a las fuerzas de la naturaleza.
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Escenas como estas nos permiten imaginar (ver con el cerebro) versiones ricas y complejas de nuestro país. Asomarnos a nuevos afectos, encontrar asidero y perspectiva en medio de la azarosa realidad en la que vivimos. Llegar a estas imágenes ha tomado tiempo y trabajo.
El segundo entierro de Alejandrino, dirigida por Raúl Soto y producida por Yira Plazas O’Byrne, comenzó a desarrollarse a comienzos de 2017, cuando a Raúl (quien ya llevaba años acercándose a la comunidad embera) supo del sueño de Teresa, la viuda de Alejandrino, y de su decisión: llevar su cuerpo al cementerio católico de Urrao (Antioquia).
Óscar Molina, director de La casa de Mama Icha, inició su investigación en 2011 y siguió su personaje hasta 2015; a él y a su productora Brenda Steinecke les tomó casi cinco años de búsqueda de recursos para finalizar la película.
Suspensión, dirigida por Simón Uribe y producida por mí, también tuvo un recorrido de casi siete años desde el momento en que se nos ocurrió hacer la película hasta su finalización.
Es muy emocionante que las tres películas sean parte de la selección oficial de la versión 60 del Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI)*. Con sus creadores nos hemos encontrado en años pasados y hemos recibido importantes lecciones sobre lo que significa hacer cine documental en este país, lecciones que hemos recibido en un proceso de largo aliento, pues nuestros trabajos han sido ante todo actos de paciencia. Estamos hablando de documentales que no pretenden controlar el tiempo de los eventos para que se ajusten a los tiempos de la producción; al contrario, es el tiempo de los eventos el que nos ha marcado el ritmo de trabajo.
Esa paciencia es inseparable de la necesidad elemental de contar con los recursos para hacer nuestras películas. En nuestras producciones, los rodajes se iniciaron con recursos propios y pasaron meses o años antes de que pudiéramos acceder a fuentes de financiación. De no ser por la convicción de otras personas (camarógrafos, editores, sonidistas, etc.) que se embarcaron en el proyecto con muy poca remuneración, nuestras películas difícilmente hubieran comenzado a hacerse. La producción se sostiene siempre en una apuesta inicial de un grupo de personas, en un acto de fe alrededor de algo intangible.
La fe en nuestras historias nos dio el aguante necesario para viajar con los proyectos a mercados nacionales e internacionales: Cartagena, Bogotá, Guadalajara, Leipzig, Amsterdam, Berlín, Buenos Aires, Santiago, entre otros destinos donde año tras año se reúne la industria cinematográfica. Por suerte, en Colombia tenemos el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico (FDC), sin el cual no podríamos hablar del buen momento de nuestro cine. El fondo es, además, un referente de éxito por fuera de Colombia. Que el FDC esté a salvo (hasta ahora) de los caprichos o torpezas de los gobiernos de turno, ha permitido que el cine nacional avance con cierta independencia y constancia. Y esto aplica especialmente al documental, un género cuyas ventas en salas y otros circuitos comerciales siguen siendo bajas.
Ganarse un estímulo del FDC para documental es el gran salvavidas que de alguna manera nos permite (y compromete) a terminar la película. Sin embargo, los creadores de documental echamos en falta una comprensión un poco más amplia de lo que implican nuestros procesos. Esto observa, por ejemplo, en la asignación de recursos para la posproducción de documental pues, como dice Brenda Steinecke, ésta “suele ser muchísimo menor de lo que se destina para la postproducción del cine de ficción, cuando en el documental los procesos de posproducción pueden ser más largos y costosos”. En los rodajes no es posible controlar la imagen y el sonido con el mismo acierto que en ficción (ocurre que las mejores situaciones nos toman por sorpresa, y resulta casi imposible lograr que se repitan). Puede leer: J. M. Coetzee, un escritor de película que no pisa la alfombra roja
La gente suele preguntarnos: “¿ustedes hacen películas o documentales?”, y siempre hay que explicar que un documental también es una película. Ediscurso documental existe desde el día en el que se inventaron el cine. En Colombia todavía es recurrente la idea de que es una suerte de subgénero cinematográfico más “económico y fácil de hacer” que una película de ficción: como si se tratara de una elaboración casera que resulta de un súbito alumbramiento mental de un director. Desde luego, documental y ficción son empresas distintas, pero hay que cuidar las proporciones (y el lenguaje con que nos referimos a las cosas).
Recuerdo que la primera vez que asistí al Festival Internacional Documental de Amsterdam (IDFA), no podía creer que existiera un festival dedicado exclusivamente al cine documental, que fuera un evento de semejantes dimensiones (durante más de una semana, cada año, toda Amsterdam gira alrededor de IDFA) y que hubiera más de trescientas películas en la programación —muchas de ellas en estreno mundial— con temáticas y tratamientos tan diversos que se desdibujaba por completo la idea del documental como un “género” específico del cine. Pero lo más impresionante de todo era el público: las personas llegaban con hambre de documentales a las proyecciones, como si los documentales fueran parte de su consumo cultural cotidiano y no pudieran prescindir de ellos. Con el tiempo entendí que este amor al documental tenía mucho que ver con toda una cultura de contenidos promovida por la televisión pública europea.
El espectador adulto en Colombia ha sido formado por lo que se muestra en la televisión local. Por lo que las salas comerciales y grandes empresas distribuidoras definen como interesante. El entretenimiento se sobrepone a todo lo demás. Ciertas economías de la cultura se sienten cómodas sólo si las películas se mantienen fieles a ciertos estereotipos, ritmos y maneras de ver. Para el documental de creación no es tan sencillo ocupar un lugar en nuestra incipiente (aunque prometedora) industria cinematográfica. Para que podamos seguir adelante con nuestros proyectos no podemos depender únicamente del FDC y los otros fondos y estímulos regionales, y se vuelve necesario abrir negociaciones con otros sectores, que se estimule la taquilla y la divulgación de las películas.
No podemos perpetuar la idea de que los documentales no duran en salas porque al público no le gusta ese tipo de cine: urge darle la vuelta al argumento y señalar que el gran público no se siente atraído por el documental porque la oferta en salas y televisión ha sido débil e insegura, o marcada por unos intereses bastante discutibles. Por suerte hay una notable producción reciente de documentales colombianos, por no hablar de los que vienen. Además, han surgido importantes iniciativas de distribución y exhibición enfocadas en este género, como la agencias DOC.CO y Distrito Pacífico, o la Muestra Internacional Documental de Bogotá (MIDBO). También cabe celebrar la gran gestión de un canal como Señal Colombia en años pasados, cuyo Mercado de Coproducción hizo posible la finalización y exhibición de varios documentales colombianos con alto valor crítico e independencia creativa (iniciativa que vivió notable bajonazo con el último cambio de gobierno).
Esperamos que la selección documental del FICCI 60* sirva para llamar la atención sobre la calidad de nuestros documentales y nos dé el justo impulso para su distribución dentro y fuera del país. Por las tres películas que he mencionado en este texto, y habiendo participado activamente en una de ellas, puedo dar fe de la fuerza de sus historias, su altura crítica y estética.
Las imágenes que viven en estos largometrajes fueron pensadas en cada una de sus fibras. Hicimos grandes apuestas de permanencia para lograr intimidad con nuestros personajes y el conocimiento de los territorios que habitan; trabajamos a fondo en la planificación de los rodajes, la gestión de los recursos y lo procesos posproducción. Al final el público sólo podrá vivir experiencias de poco más de 70 minutos. En ese tiempo se tejen las voces, las atmósferas sonoras, la poesía de los planos, la tensión interna de los personajes, la reflexión política, la deriva del tiempo, el encanto de lo cotidiano, en fin: todo ese mundo soñado y elaborado por el cine documental en su inagotable necesidad de interpretar la realidad, y que seguirá vivo en las pantallas mientras haya documentalistas independientes
Este texto fue escrito antes de que se cancelara la versión 60 del Festival Internacional de Cine de Cartagena*