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Fui uno de los líderes de la lucha contra la minería a cielo abierto en el páramo de Santurbán (Santander), porque estoy convencido de que para pensar en el futuro es necesario actuar a partir de una filosofía sostenible. En ese momento, como director ejecutivo de Fenalco Santander, no representaba a simples negociantes, sino a verdaderos comerciantes, que se diferencian de los primeros por su compromiso con las necesidades del presente y su responsabilidad con el bienestar de las generaciones futuras.
Cuando me posesioné, en septiembre de 2010, uno de mis objetivos era lograr que el Gobierno le negara la licencia ambiental al proyecto Angostura de la minera canadiense Greystar —hoy Eco Oro Minerals Corp—. Envié dos cartas al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Territorial solicitando que no se otorgara dicha licencia y le escribí al presidente Juan Manuel Santos pidiéndole que evaluara los impactos ambientales del proyecto.
Pero faltaba algo. Necesitábamos hacernos sentir no sólo a través de cartas y comunicados. Era fundamental que la clase política regional y nacional se diera cuenta de que la lucha contra la minería en el páramo de Santurbán (fábrica de agua para 2,2 millones de personas) no era cuestión de una agremiación, sino de la voluntad de toda el área metropolitana de Bucaramanga.
En enero anunciamos que el 25 de febrero realizaríamos una marcha pacífica que bautizamos como la Gran Marcha por la Defensa del Agua. Hasta el día en el que se realizó la movilización no tuvimos paz ni descanso. Yo me dediqué a hacer relaciones con diferentes actores, a conseguir recursos, a hablar con medios de comunicación y a crear alrededor de esta marcha un concepto que lograra atraer a gente de todas las edades. Así nació el eslogan “Soy el defensor del agua de Bucaramanga”.
A horas de que llegara el momento de marchar teníamos la convicción de que la iniciativa mantenía muy buena aceptación en redes sociales y en universidades. Sin embargo, no teníamos el beneplácito de la clase política regional. Llegó el día. Cuarenta mil personas se dieron cita en el lugar conocido como La Puerta del Sol, para protestar en contra de la explotación de oro a cielo abierto en Santurbán. Eligieron no ser indiferentes y le enseñaron al país que hay cosas que no son negociables, como el bienestar y la vida. Lección que les ha servido a otras latitudes colombianas en donde la locomotora minera amenaza con entrar.
Ganamos. No sólo porque participamos miles, sino porque logramos cambiar la opinión de la clase política regional, lo que sirvió para presionar al Ministerio de Ambiente, el cual, finalmente, en junio de este año, negó la licencia ambiental al proyecto Angostura. Increíblemente, la marcha que le abrió los ojos a todo el país en temas de minería fue realizada sólo con $3’000.000, recursos que fueron donados por universidades, organizaciones ambientalistas y empresas.
En la historia de la región nunca se había visto que un dirigente gremial se casara con este tipo de causas sesgadas como ambientalistas, y entonces se tejieron una serie de supuestos alrededor de mi participación. Se dijo, por ejemplo, que estaba buscando un trampolín para saltar a la vida política. Y aunque sí tuve ofrecimientos de este tipo, nunca los acepté porque no quería desvirtuar la lucha. Tampoco fui despedido de Fenalco Santander, como se rumoró. Presenté mi renuncia el 10 de junio de este año porque entendí que mi liderazgo había trascendido el cargo como director ejecutivo. Ahora soy cofundador del Movimiento Cívico Conciencia Ciudadana, el cual retoma postulados como la defensa del agua, la protección de los ecosistemas estratégicos y el derecho a un entorno sano.