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Los hombres sagrados

En apenas tres meses el movimiento que inició el poeta Javier Sicilia, luego del asesinato de su hijo, se convirtió en un clamor nacional. Miles de personas unidas por el dolor y la dignidad.

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En el mismo edificio donde algunos de los estudiantes del 68 diseñaron sus volantes antigobiernistas antes de ser asesinados en la masacre de la Plaza de Tlatelolco y donde se focalizan algunas de las organizaciones civiles más importantes de México, se reune un grupo nada homogéneo, si se quiere disparejo y hasta pintoresco. Planean la Caravana por la Paz, que culminó el fin de semana pasado en Ciudad Juárez con la firma de un pacto por la paz entre las organizaciones civiles.

En la mesa hay estudiantes, ambientalistas, representantes reconocidos de organizaciones de derechos humanos, empresarios, sacerdotes, víctimas e incluso poetas. Está el padre Raúl Vera, que lo enviaron a Chiapas a mediados de los 90 a controlar al obispo Samuel Ruíz, reconocido defensor de los derechos de los indígenas, y se convirtió en su más ferviente discípulo; está Emilio Álvarez Icaza,  expresidente de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, y así todos hablan de paz y de resistencia civil.

En el fondo, un hombre de espalda ancha, gafas caídas sobre la nariz y canas blanquísimas. Es el poeta Javier Sicilia, quien sabe que todo el movimiento se ha formado como un diminuto tornado alrededor de su nombre, de la indignación por el asesinato de su hijo. En menos de tres meses, esta iniciativa ciudadana ha crecido hasta ser todo un movimiento nacional que visibiliza las víctimas y denuncia las fallas de la guerra que ha emprendido el presidente Felipe Calderón.

El vengador

De un extremo de la mesa se oye la voz fuerte de un hombre entrado en sus cincuenta, peinado con el pelo amarrado en una cola de caballo y con el brazo derecho enyesado. Es el empresario y líder social Eduardo Gallo, una persona reconocida en Cuernavaca, Morelos; la misma ciudad del poeta Sicilia. Gallo, además de empresario, ha sido activista social, fue uno de los convocantes a la marcha del 2004 y presidente  de México Unido contra la Delincuencia, una organización pro seguridad tachada de derechista.

Su dolor empezó el domingo 9 de julio del 2000. Una amiga de su hija Paola lo llamó después de las cuatro de la mañana y le dijo que su niña había sido secuestrada. Los secuestradores llamaron horas después, le pidieron una cantidad astronómica de dinero  y finalmente accedieron devolverle a su hija si pagaba 175.200 pesos y entregaba algunas joyas.

Gallo envío a un empleado suyo a entregar el dinero bajo las condiciones que los delincuentes habían puesto. El 16 de julio, los secuestradores llamaron de nuevo, confirmaron que habían recibido el pago y que iban a liberar a Paola en un lugar aislado de Guerrero. Sin embargo, algo sucedió entre esa llamada y la posterior comunicación de la Policía. Los agentes llamaron a Gallo y le dijeron que su hija había sido encontrada muerta. Al rato volvieron a llamar para decirle que cerca de la zona habían descubierto otros 3 cadáveres, al parecer, de los secuestradores de Paola con parte del dinero y las  joyas.

Los meses siguientes estuvieron marcados por la impunidad y la inacción de las autoridades para adelantar la investigación. “Me di cuenta de que no  iban a hacer ninguna investigación y como yo no estaba dispuesto a que mi hija fuera una estadística, simplemente dije ‘me pongo a hacer el trabajo que sea necesario para identificar estos tipos, ubicarlos y proceder a detenerlos y entregarlos’. Evidentemente en ese momento,  lo último que pensaba era en entregarlos vivos, a lo mejor matarlos”.

Pasaron dos años y medio de trabajo incansable. Gallo contrató guardaespaldas, aprendió de armas, recorrió más de 75.000 kilómetros preguntando, buscando patrones de secuestros parecidos, indagando. Finalmente encontró a los demás implicados, los detuvo, pero no  los mató. Los entregó a esa Policía que él tachaba de corrupta. Previendo que los asesinos de su hija podían conseguir la libertad en 15 años, buscó otros delitos que la banda criminal había cometido. Encontró otros dos secuestros que habían sido denunciados y aportó esa evidencia al Ministerio Público; finalmente los secuestradores de Paola deberán pagar una condena cercana a los 120 años de prisión. El caso de Gallo a pesar de ser uno entre miles, una excepción donde la justicia mexicana actúa, no dejó tranquilo al empresario y hoy  es parte de ese grupo que atravesó México clamando por paz y justicia.

La palabra del mormón

La violencia en México está tan llena de aristas, de nombres y de causas que no es fácil comprender cómo ese México lindo y querido se convirtió en un país arrasado por la muerte. Es  normal encontrar en sus puentes cuerpos de torturados que cuelgan como péndulos o mensajes escritos en las ya tristemente famosas “narcomantas” atribuyéndose homicidios o crímenes como si de logros se tratara.

El mapa del terror está marcado por el accionar de varios carteles y sus aliados satélites en varias zonas del país. El cartel de Tijuana, fundado por Arellano Félix, tiene control de parte del Pacífico y gran parte de la frontera con Estados Unidos. Los hermanos Carrillo Fuentes tienen el cartel de Juárez, al este de México. De este cartel era el conocido ‘Señor de los Cielos’ que murió durante una cirugía plástica en Cuba. El cartel de Juárez contaba con un grupo de sicarios, hoy ya independizado que se autodenomina ‘La Línea’. Al oriente del país manda el cartel del Golfo que tenía de aliados al grupo de sicarios ‘Los Zetas’, que hoy les disputan el territorio; incluso los tentáculos de ‘Los Zetas’ llegan hasta el corazón maya en las selvas del norte de Guatemala.

En la mayor parte de la costa del Pacífico manda el cartel de Sinaloa, tal vez el más rico, uno de sus capos, ‘el Chapo’ Guzmán, es ya una leyenda y es catalogado por la revista Forbes como uno de los hombres más ricos del mundo. En este ya complejo panorama, no se puede dejar por fuera al sur, al cartel de los Hermanos Beltrán Leyva, que están enfrentados al cartel de ‘La Familia Michoacana’ por una parte de Morelia, estado donde fue asesinado el hijo del poeta Javier Sicilia. No menos importante es aclarar que entre este sancocho  de carteles, y en medio de sus guerras sucias  y sus alianzas, está todo el pueblo mexicano desprotegido por un Estado que declaró una guerra sin tener claro sobre cómo la debía enfrentar.

De Chihuahua, una de las regiones más violentas de México, donde la guerra entre carteles y contra el mismo gobierno es más cruenta, surgió la familia Lebaron, parte de una comunidad mormona que habita cerca a la frontera de Estados Unidos y reconocida por sus empresas de construcción y su profunda fe cristiana. Esa familia está representada en la mesa del movimiento por Julián Lebaron, un “mero mero” como sacado de esas películas de la época dorada del cine mexicano.  Lebaron es un hombre promedio, bien educado y apegado a su fe: “Tengo once hijos y no puedo ver un futuro para ellos sino podemos ser respetados. 40.000 muertes deben caer sobre los hombros de todos, hablo de los 40.000 asesinados en cuatro años en México; entre ellos están mis hermanos”.

El 2 de mayo del 2009 su hermano Eric Lebaron, de 16 años, fue secuestrado en la puerta de su rancho. Los secuestradores, al parecer pertenecientes al grupo de ‘La Línea’, exigían un millón de dólares. La colonia Lebaron, al norte del país, se unió y empezó a ejercer presión social contra las autoridades, además de declarar que no pagarían ni un peso por ese secuestro. La presión surtió efecto y Eric fue liberado. Fue el primer gran logro de una sociedad civil unida contra los violentos.

Sin embargo, no hubo mucho tiempo para celebrar. El 7 de julio de ese mismo año, Benjamín, pastor mormón y el mayor de los hermanos Lebaron, fue secuestrado junto a su cuñado Luis Wilthman por un grupo de quince personas fuertemente armadas. Dos horas más tarde fueron ejecutados y sus cuerpos tirados en la carretera de Galiana. Al lado de los cuerpos dejaron un mensaje firmado por alguien que se hacía llamar ‘El General’: “Para que vea que los Lebaron no son intocables”. El asesinato impactó fuertemente la comunidad, además de dejar diez huérfanos y un sentimiento de rechazo generalizado. A mediados del 2010 la Policía Federal detuvo a un presunto homicida de los Lebaron, en el poblado de Lagunitas, municipio de Galeana, luego de las protestas ciudadanas.

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Julián Lebaron no culpa  solamente a los narcos por la muerte de su hermano: “La peor violencia que existe en México es la pobreza. El narcotráfico ha sido una actividad económica que ha crecido informalmente porque la economía formal excluye de la participación directa a todos los sectores de la sociedad. A la gente no se le dan alternativas, no se le dan otras oportunidades, quieren quitarle lo que les ha dado dignidad por muchos años y eso ha creado una guerra (…) yo no creo que el narcotráfico en sí sea un crimen más grande que el de una licorería o el de un tabaquero”.

La cruz de Sicilia

El poeta Javier Sicilia es la gran figura del momento, sobre sus hombros, sin que él lo esperara, se ha puesto la inmensa cruz de representar a todas las víctimas de este conflicto que deja miles de muertos. Sicilia, antes de todo este asunto, era un poeta dedicado a escribir, era reconocido en México y en el mundo de las letras, se encontraba en Filipinas en un recital de poesía cuando devino el lamentable hecho que lo convirtió en la cara de las miles de víctimas que ven en él hoy la esperanza de todo un país.

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En la madrugada del  28 de marzo de este año, los medios reseñaron la ejecución de una nueva masacre. Otra más que podría haber quedado en el olvido. Al fin y al cabo, antes de esta nueva muerte, la mayoría de mexicanos permanecía en silencio, justificando los asesinatos, decían que esos miles de muertos en cierta forma se lo habían buscado por andar en cosas que no debían, por pertenecer de una u otra forma a algún cartel. Bueno, esta nueva masacre no se pudo justificar por ningún lado. Siete personas aparecieron ejecutadas en la autopista que va de Cuernavaca a Acapulco; entre ellos Juan Francisco Sicilia Ortega, hijo de Javier Sicilia.

Javier Sicilia recibió la dolorosa llamada y regresó inmediatamente al país. Al día siguiente dio una rueda de prensa a varios medios locales y nacionales. Lejos estaba de imaginar que sus declaraciones serían la semilla que daría vida a todo un movimiento de resistencia ciudadana por la paz.

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El movimiento está formado por personas disímiles unidas por el dolor y la dignidad, personas llenas de preguntas: “Soy como una especie de figura moral e inspiración, pero el movimiento va más allá de mí”, dice el poeta. Sicilia se levanta en mitad de la reunión. Se pasa las manos por la cabeza, evidencia señales de cansancio. Sale a un salón conjunto y se sirve un café. “Esto ya rebasa la derecha y la izquierda, es una afrenta a toda la nación y a todos los sectores. Yo lo comparo con una figura en el derecho romano: la del hombre sagrado, un ser que el Estado no protegía,  cualquiera podía matarlo  y quedaba  impune su muerte. En México todos somos hombres sagrados, podemos salir a la calle y a cualquiera pueden levantar, torturar, matar, secuestrar, destruir y su muerte quedará  impune. Para cambiar esto es que marchamos”.

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