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Avanza la cuarentena y a su lado el fútbol mundial vive una experiencia que ojalá deje herramientas prácticas para su futuro. En el caso de Colombia, ya los equipos han ido agotando sus reservas económicas y han caído en cuenta de la necesidad urgente de buscar mecanismos para sobrevivir. De hecho, no pueden continuar en ese desorden, seguramente de buena fe, para armar nóminas. No todo lo que pregonan empresarios y agentes de la FIFA resulta verdad, pues ellos Parecen directores de cine y construyen películas basadas en exageraciones, por no decir mentiras.
El caso del chileno Matías Fernández, un jugador recibido por Júnior a un altísimo costo, es el ejemplo patético de ingenuidad. Nunca respondió a las cualidades magnificadas por quienes lo trajeron, por más que en sus mejores épocas fuera un hombre importante para la selección de su país. Que las lesiones, que la falta de adaptación al medio, entre otras cosas, formaron parte del catálogo de excusas para justificar tamaña inversión.
Otros equipos, como Santa Fe, no lograron respuestas en goles luego de ensayar la traída de unos cuantos delanteros foráneos que, al final, no rindieron. Es el caso de Angulo, Falcón, Betancourt, Anselmo…
Casi siempre los dirigentes, que conocen más de números que del juego mismo, se ilusionan e ilusionan a los hinchas con salidas que se convierten en pasos fallidos por no consultar a los técnicos. Recuerdo el caso de Sergio Galván, goleador eximio de nuestro fútbol. Gracias a un seguimiento corto, realizado por un exjugador de Once Caldas, Alfonso Petiso Núñez, se supo que lo hacía bien, que anotaba. No fueron necesarios videos ni argumentos exagerados. Lo vieron jugar y ya. Sí, puede ser una excepción.
Por eso la FIFA misma quiere meter en cintura a todo ese entorno de pregoneros que rodean al fútbol y aterrizar cifras. Los dirigentes colombianos, a menos que estén involucrados en el negocio, deberían ser maliciosos y desconfiados. No toda la mercancía china es buena y que el precio sea atractivo es otro asunto. Buena la época para que los árbitros sin salario —les pagan por juego dirigido— aprovechen para entender más el juego, así tengan memorizado el reglamento. Comprender que el fútbol es de contacto personal y lo practican seres humanos con reacciones emocionales entendibles. En la cuarentena los jueces deben ver videos para reconocer los aciertos y las equivocaciones, y agilicen la manera en apoyarse del VAR.
Este aterrizaje, a las buenas o a las malas, es para repensar nuestro fútbol. La Dimayor, obligada a encontrar fuentes de financiación, debe dilucidar si es servicio público, por la distracción que ofrece, o es un negocio privado en el que nadie puede meter las narices. Menos mal la suspensión de la Copa América dejará espacio para tener un calendario sin apretujamientos para el segundo semestre. Sé que no será fácil enganchar patrocinadores ni poner en la antena internacional el torneo colombiano, pues no hay producto para exhibir. Por ende, los cien días dados al presidente de la Dimayor, con el objetivo de la venta de los derechos de TV, se extenderán tanto como la llegada de la vacuna contra el coronavirus.