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Con el 51,7% del voto —que no se puede considerar una victoria categórica a la luz de la enorme impopularidad de Nicolás Sarkozy— François Hollande devolvió el poder a los socialistas en Francia por primera vez en 17 años.
Aunque sus repercusiones para la política europea todavía están por verse, el caso de Monsieur Normal constituye una suerte de advertencia para otros gobiernos que se distancian demasiado de los anhelos de sus propios ciudadanos. El del Presidente Bling-Bling fue abiertamente clasista y también inepto: favoreció a los franceses más ricos con la reducción de impuestos; discriminó a los más vulnerables con la congelación de los salarios y el recorte de los beneficios sociales; y dejó al país con niveles históricos de desempleo, bajo crecimiento y una crisis fiscal severa.
Hollande ha reivindicado la soberanía de Francia frente al mercado, además de la necesidad de transitar hacia un modelo caracterizado por el crecimiento económico con empleo y la disciplina fiscal con justicia. La reacción de los mercados bursátiles mundiales no se hizo esperar ante las incógnitas que rodean al nuevo gobernante, así como por las elecciones parlamentarias en Grecia, donde ganaron partidos adversos a las medidas de austeridad impuestas por la Unión Europea. Tampoco aguantó la canciller de Alemania, Ángela Merkel, quien anticipó la negativa suya a renegociar el pacto fiscal aprobado el año pasado por 25 países europeos, el cual ha sido fuertemente criticado por Hollande.
Con todo, el hecho de que los socialistas hayan ganado con un margen tan escaso no sólo refleja la falta de entusiasmo con su candidato sino las profundas divisiones que caracterizan a la sociedad francesa, entre cuyas expresiones más alarmantes se encuentra la ‘islamofobia’. Sarkozy ha sido xenófobo tanto por convicción como por vocación electoral. Creó el polémico Ministerio de Inmigración e Identidad Nacional, que luego tuvo que clausurar; convirtió la lucha contra los migrantes en el centro de su campaña a la reelección, acusando a Hollande de ser el “candidato del islam”, quien abriría las fronteras de Francia a la migración legal e ilegal, y buscó nuevos votantes para la segunda vuelta mediante el acercamiento ideológico con la ultraderechista Marine Le Pen.
Los retos que enfrenta el futuro presidente de Francia son muchos, pero hay dos inmediatos de cuya superación dependen los demás. Primero, el éxito o fracaso de la izquierda en las elecciones parlamentarias de junio, una especie de ‘tercera vuelta’, será determinante de la capacidad de Hollande de gobernar. Segundo, si bien la derrota del statu quo en Francia y Grecia puede debilitar el dominio alemán sobre la Unión Europea, la relación entre París y Berlín —el eje de la toma de decisiones continentales— seguirá incidiendo también en lo que puede (o no) hacer el gobierno entrante. Pese a la marcada diferencia frente a Sarkozy en este tema específico de la política exterior francesa —siendo su posición sobre las tropas en Afganistán el único otro de clara discordia—, lo más probable es que después de un pulso inicial, Hollande y Merkel encuentren un nuevo punto de equilibrio, tal vez más socialdemócrata. Por ahora, sólo queda esperar que Monsieur Normal cumpla su promesa de hacer de Francia un país en donde nuevamente valores como la justicia social y la igualdad signifiquen más que retórica.