Retratos poéticos de escritoras

Este artículo hace una breve descripción de diferentes escritoras a lo largo de la historia, como Alejandra Pizarnik, Emily Dickinson y Virgina Woolf, entre otras, publicadas en el libro Días parelelos, de Carlos Alberto Agudelo.

En 1882 nació Virginia Woolf, una de las escritoras más importantes del siglo XIX. / Archivo
En 1882 nació Virginia Woolf, una de las escritoras más importantes del siglo XIX. / Archivo

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Virginia Woolf 

Nació el 25 de enero de 1882 en Londres. Nunca fue a la escuela. Sufrió trastorno bipolar. Hitler la consideraba una enemiga amenazadora. Evitaba los espejos, pensaba que le hacían daño. Tenía verdaderos dolores de cabeza tratando de averiguar por qué las aves cantaban en griego (estaba convencida de ello). La Segunda Guerra Mundial, la destrucción de su casa, durante los bombardeos sostenidos en el Reino Unido, por parte de la Alemania nazi, agravaron su enfermedad. El 28 de marzo de 1941, llenó los bolsillos de su abrigo con piedras y se lanzó al río Ouse, hasta encontrar la muerte. Entre sus obras más famosas están Los años (1937), Al faro (1927), Fin de viaje (su primera novela publicada en 1915) y Las olas (1931).

***

Días hendidos por el polvo, entretanto el cetáceo deja de existir a la una, o al sonar el concierto oceánico, o ante el arribo de Afrodita a la frontera de las olas. Días de aguamala y sal. Días en la significancia del rastro errante. Días de magia y amargura. Días propicios para  degollar zumbidos. Días emponzoñados con días ruines. Días de viento en el rostro de Rachel Vinrace. Días de Beethoven y el monólogo final de Bernard. Días de olas guiadas por los frailecillos. Días confusos en la mirada estoy harta de lo lindo, estoy harta de recato […] Esto es Oxford Street. Aquí el odio, los celos, la prisa y la indiferencia forman una espuma que es como una loca imitación del vivir [dijo Rhoda]. Días vagos. Días fortuitos. Días serpentinos. Días de matices, enajenación y parábolas. Días de mar y cielo sombrío. Días enclaustrados en la punta del lápiz. Días en la casa de los lémures, urgidos de prender el pabilo, para ver los ocupantes de días extraños. Días pálidos de ella. Días en la demarcación del agua, donde se refugia la última marcha. De pronto los días se urbanizan, con pasos extraídos del fondo del océano, donde ancló la poetisa El sol aún no se había alzado. Sólo los leves pliegues, como los de un paño algo arrugado, permitían distinguir el mar del cielo. Poco a poco, a medida que el cielo clareaba, se iba formando una raya oscura en el horizonte, que dividía el cielo del mar, y en el paño gris aparecieron gruesas líneas que lo rayaban, avanzando una tras otra, bajo la superficie, cada cual siguiendo a la anterior, persiguiéndose una a otra, perpetuamente.

Alejandra Pizarnik 

(Argentina, 1936 – 1972). Su familia fue asesinada en Rivne por el nazismo y esa angustia, según cuenta Cristina Piña en su libro Alejandra Pizarnik, marcó su infancia. Se apasionó con Faulkner, Sartre, Artaud. El existencialismo fue su gran descubrimiento, también el surrealismo y la poesía de Rimbaud, Baudelaire y Mallarmé. La tierra más ajena (1955), su primer poemario, lo firmó como Flora Alexandra Pizarnik, tenía apenas 19 años. Para La última inocencia, editado al año siguiente, se definió por Alejandra Pizarnik. Se quitó la vida al ingirir 50 pastillas de Seconal. Obras: La tierra más ajena, 1955. Las aventuras perdidas, 1958. Árbol de Diana, 1962. Los trabajos y las noches, 1965. Extracción de la piedra de locura, 1968. Nombres y figuras, 1969, entre otras. 

***

Recuerdo de un día, colgado en la pared de las hormigas. Travesura, insomnio, grito y alas aceitadas de viento, en la piedra de los ángulos. Es la hora de partida, del crepitar de sombras, de escuchar ecos de palomas excitadas: instinto, revestimiento carnal del mareaje,  tiempo desmenuzado en el misterio de los querubines, cuyas trompetas anuncian la llegada del óvulo perdido. Es la hora precisa para anunciar el nacimiento de la piedra. Tiempo del viñedo listo a reflejar angustias, en el espejo del vino. Se entrevé la distancia perfecta, entre un vacío sumado a otro vacío, donde la babilla resuelve el hado del hollín, al atravesar la gota en la rejilla. El golpeteo, siempre el mismo trajín de ese sonido existencial, todo movimiento perturba, hasta la caída de la ceniza al abismo, allá abajo algo se enciende, es mi vida, la miro desde mi altiplano, el aire me castiga el ser Detrás del aire hay monstruos que beben de mi sangre Es el desastre Es la hora del vacío no vacío Es el instante de poner cerrojo a los labios oír a los condenados gritar contemplar a cada uno de mis nombres ahorcados en la nada. La más blanda gota del oleaje se bifurca en medio de la espada y la pared. La mañana seduce al mutismo eterno, no sin antes Alejandra lamentarse he dado el salto de mí al alba. He dejado mi cuerpo junto a la luz y he cantado la tristeza de lo que nace.              

Wislawa Szymborska 

(Polonia, 1923 – 2012). Nobel de Literatura 1996. Intelectual hermética, se sabe poco sobre su vida personal. Vivió la ocupación nazi, la invasión soviética, los años de Stalin, la noche del comunismo. Anna Bikont y Joanna Szczesna, publicaron «Trastos, recuerdos»  que ahora se edita en España, donde se encuentra una biografía más íntima. Entre sus obras principales se encuentran: Poesía no completa. Antología poética. Correo Literario. Saltaré sobre el fuego. El gran número. Paisaje con grano de arena. Fin y principio. Poemas selectos. Instante o aquí. 

***

No exige, de pronto quitasoles rotos bajo la lluvia, o la sombra del gato negro o el gato de ojos azules, huyendo hacia el piso vacío o en dirección a la escalera por donde sube la incertidumbre. No exige, tal vez la calle polvorienta, el peregrinaje descalzo, la gota del oleaje para remojar el sueño, vislumbrada calma, a la vera del fósforo por apagarse. No exige, quizá la ruta errada para eludir su arribo a la colmena, de las abejas muertas o el abedul hasta donde huyen trinos de la hoguera nazi o los murmullos de las frondas, en el sendero del rocío. No exige, tal vez la tarde construida de la ventana, donde una mujer observa la calle, por donde pasa un hombre con silueta de ánima bendita o la tarde tejida de Dios, cuando un niño se pudre sobre el tejado, del pueblo de los fantasmas. No exige, acaso el formol cuando sujeta al moribundo a la nada. No exige, mientras observa el plato sin servirse, desde cosechas remotas. No exige, quizá un domingo de truenos, algún domingo de sol, de súbito un domingo a la espera de quién sabe qué, tal vez un domingo para ahuyentar cavilaciones umbrosas y reflexionar con claridad no le reprocho a la primavera que llegue de nuevo. No me quejo de que cumpla como todos los años con sus obligaciones. Comprendo que mi tristeza no frenará la hierba. Si los tallos vacilan será sólo por el viento… 

Emily Dickinson

(EE. UU, 1830 – 1886). Quizá la mejor respuesta sobre la vida desconocida de esta poeta, es dada por ella misma cuando dice no salgo de las tierras de mi padre; no voy ya a ninguna otra casa ni me muevo del pueblo. Esta manera de vivir hace difícil rastrear su quehacer personal y literario. En los últimos años de su existencia, convierte su hogar en el único refugio para leer y desarrollar el arte de escribir. En esta parcela escribe más de dos mil poemas, descubiertos por su hermana, tiempo después de muerta. Emily Dickinson se encuentra entre las principales poetas del mundo, junto con Edgar Allan Poe, Ralph Waldo Emerson y Walt Whitman.

+++ 

Me supedito. Me eslabono. Me gerundio. Me enmaraño. Me esbozo en “mi blanca elección”. Me trasvaso en el recipiente de Dios y me extraño. Me evoco. Me conciso. Me exalto y pierdo. Me dilato y aprendo a decir el cerebro es más ancho que el cielo, por esto las personas necesitamos tiempos difíciles y opresión para desarrollar músculos psíquicos. Me busco en la muerte de la casa de enfrente. De súbito, el mover de alas hace sombra al manzano. Un sabio se acerca al borde del mundo, a digerir la luz de una luciérnaga. Me encomiendo al eco, de no sé qué. Me desdoblo, el ir y venir del todo se esfuma, alguien llega a través del carruaje epistolar y me doy cuenta de mi existir, por esto digo: No he visto nunca una landa, nunca he visto el mar, y sin embargo, sé cómo está hecho el yermo, y sé lo que debe ser la ola. Nunca he hablado con Dios, nunca he visto el cielo, y sin embargo, conozco el lugar como si tuviese un mapa de él. Me alejo, no importa si es hacia el valle o al pináculo de la tarde. Es lunes, una sensación extraña perturba mis sentidos, pronto me siento culpable de haber nacido, de mirar a la anciana cubierta con la noche helada. Me siento culpable de la sombrilla del sol y el arado. Me siento culpable de creer en la  rama y no en el fruto, del sudor de cada día. Me siento culpable por aquellos que nacieron, para ser condenados por la verbena a olfatear la rutina de nada en su mesa. Me siento culpable de cuanto no sucede. Me siento culpable del aire, que me deja Fisgonear tu hermosura. Me siento culpable del olfateo de fantasmas. Me siento culpable de la luz desprendida, del vientre de mi madre, hasta la ulterior sombra de mi sangre. Me siento culpable de mis huesos, de mi carnalidad que han de hospedarse en el sitial  de los gusanos, perdonen mi cordura en un mundo desquiciado.

Del libro inédito DÍAS PARALELOS

humoysazoncaicedonia@gmail.com

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido