La Michelada

La Tierra sin humanos

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A partir del día uno sin humanos, la Tierra ha empezado a recuperar los espacios que antes eran en totalidad suyos, las calles pierden las marcas de los carros y empiezan a aparecer las huellas de jaguares, elefantes, zarigüeyas y osos hormigueros que enmarcan el asfalto sin respetar semáforos. 

No hay pico y placa para que las plantas salgan e invadan la ciudad de a poco, no hay impuestos ni fronteras para la naturaleza, solo vía libre en medio del silencio que deja el eco de la presencia del hombre. 

Hemos jugado a la ruleta rusa desde hace tiempo y ahora pasamos de ser nosotros los protagonistas del mundo, para sentarnos en primera fila a observar la función que la naturaleza nos brinda sin nosotros en ella. Un virus que no entiende de política ni de principios. Este virus ha sido despertado por nosotros mismos y ahora nos obliga a dejar el mundo sin humanos mientras sea necesario. 

El COVID-19 nos ha obligado a ser creativos, a tener paciencia y vivir lentamente, cosa que la modernidad líquida no entiende, pues el estado fluido y volátil de la actual sociedad vive sin valores demasiado sólidos, en la que la incertidumbre por la vertiginosa rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos. Lo que antes eran nexos potentes, ahora se han convertido en lazos provisionales y frágiles que demandan ser fortalecidos sin contacto alguno. 

Animales en vía de extinción han salido sin miedo al mundo, mientras que los humanos nos encerramos por miedo a que el coronavirus nos extinga indiscriminadamente sin importar estrato, religión u orientación sexual.

Mas allá de ser un castigo, quizás es un llamado de atención. Sin embargo, es inevitable sentir miedo y sufrir nuestras muertes, refundidas en cifras, sin cara ni nombre. Es el momento de repensarnos como humanidad, es la oportunidad para evaluar nuestra cotidianidad y sacar provecho de esta reflexión obligada que el mundo nos ha mandado a hacer.

Habíamos invadido miles de playas, montañas, ríos y bosques con un turismo indiscriminado y sin ningún tipo de conciencia ambiental. Veníamos abusando de los recursos naturales para estar al último grito de la moda y así no escuchar el grito de la naturaleza que pedía ayuda, anduvimos egoístas consumiendo plástico y desechándolo en mares para que contaminaran hasta el pez que luego servíamos en nuestra mesa.

Si el mundo nos da una segunda oportunidad, sin duda debemos tomarla y no ser como el ex tóxico que repite los mismos patrones. Tenemos que repensar las dinámicas de trabajo, deberíamos apuntar a los negocios sostenibles que tratan de mitigar el impacto negativo que le hacemos al medio ambiente, es nuestra obligación preocuparnos más por los demás, reconstruir los sistemas de salud y de educación al alcance de todos. No es ser idealista, pero sí es arriesgarnos a romper paradigmas que han demostrado que no son el camino ideal para todos, sino solo para unos cuantos, donde nos damos cuenta que la equidad es más importante que la igualdad. 

Si salimos pronto de esta, estaremos obligados a conservar la memoria y acordarnos de lo que vivimos. Volver a las calles, restaurantes, escuelas, y trabajos nos demanda retornar a un mundo con humanos, pero más fuertes, más solidarios y sobre todo más conscientes del mundo que nos rodea, más respetuosos de la naturaleza y más sensibles ante la existencia del otro. Entonces, habremos ganando ahí algo que nunca pensamos podríamos agradecerle a una pandemia mundial. 

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