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Con muy poco respeto

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Hay personas que respetan las ideas y las costumbres del prójimo, incluso las más ingenuas.

En los rituales del creyente, por ejemplo, ven la pervivencia de antiguos ejercicios de la inocencia y del miedo; admiran el boato y los símbolos de la ceremonia y reconocen en sus movimientos los trazos de primitivas cosmologías, los primeros mapas humanos del universo.

A mí, lo confieso, me cuesta mucho respetar la inteligencia de un creyente. Creo que es imposible tener ideas sensatas acerca de nada si tenemos de las cosas imágenes tan distorsionadas como las que nos entregan las aberradas lentes del sacerdote y el pastor (uso el concepto aberración en su sentido óptico, desviación de la luz).

Con un creyente bien informado uno puede hacer surfismo sobre todo los temas, es verdad, pero en cuanto queremos profundizar un poco el sujeto echa mano de algún dogma y hasta allí llega la conversación. Nada fluye luego porque el dogma es un pensamiento petrificado.

Para los ateos un condón es un pedazo de látex, el aborto un procedimiento, la eutanasia un derecho, la diversidad sexual una opción. Para el creyente todas estas cosas, incluido el plástico, son manifestaciones patentes del poder del demonio. Por eso no puede analizarlas con ecuanimidad, como lo ha demostrado con suficiencia el procurador de la nación, alma bendita, y todos los “pensadores” creyentes que en el mundo han sido.

Tengo una amiga, por lo demás brillante, que asegura sin parpadear que antes de “la caída” el planeta era firme y no existía el problema del movimiento de las placas tectónicas. Para ella, todos los problemas físicos o humanos se derivan de la caja de pandora del pecado original. Antes el mundo era perfecto porque era la obra de un ser perfecto. Punto. Piedra. Dogma. Lo que no queda claro es como se le ocurrió al Perfecto crear este engendro que es el ser humano.

Es inmoral, por decir lo menos, achacarles todas las desgracias humanas al pecado original, al karma o al destino; equivale a dejar en la impunidad al verdadero responsable, que puede ser la sociedad, el estado o el individuo mismo. O nadie. Hay tragedias que escapan a toda humana previsión.

El creyente considera imposible que el mero azar, recombinando elementos durante miles de millones de años, haya podido armar un día las complejas cadenas de aminoácidos que forman las proteínas, pero encuentra naturalísimo que exista un ser increado y tan fantástico como su dios. Está seguro de que los dioses del vecino son falsos, y sabe que el suyo, el Único, ¡es capaz de rebajarse a llevar la prolija contabilidad de los pecadillos y las mezquindades de cada uno de sus engendros! ¡Por Zeus! Uno puede, en un rapto de fe, creer en Dios. Pero pensar que Él vive pendiente de uno es demasiado.

Las religiones cumplieron un papel crucial en la mañana de la humanidad, cuando fueron las primeras cosmologías, los primeros relatos históricos, las primeras representaciones trágicas y los primeros códigos de convivencia de la especie. Hoy, desvelados biólogos y astrofísicos descubren nuestra cosmología, de la historia se ocupan los medios y los historiadores, de las representaciones los poetas y los dramaturgos, y de los códigos los juristas. Hoy, por fortuna, estamos construyendo una religión laica y de verdad ecuménica cuyos pilares son la ecología y los derechos humanos. Es imperfecta, claro, porque no ha sido trazada por la severa mano de Jehová, pero al menos está hecha a escala humana, es perfectible y no contiene ese insulto al pensamiento que es el dogma.

Por todo lo anterior, y con muy poco respeto, confieso que no puedo tomarme en serio a los adultos que creen en el Coco.

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