Atalaya

“A mí no me gusta leer”

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A todos nos gusta la música. Lo que varía es el gusto musical. Las preferencias de cada quien responden a inclinaciones personales, a afinidades individuales, a razones geográficas y socioculturales. Pero a todos nos gusta la música; trátese de un género o de otro, de un artista o de una agrupación, pero todas las personas disfrutan con, al menos, algún tipo de música. Otros son aficionados a diversos géneros que alternan según lo exijan el momento y la ocasión.

Basta con encender un radio, un teléfono, un computador… para que de inmediato empiece a sonar la música que queremos oír. El mecanismo es sencillo y no requiere ningún esfuerzo ni pedagogía previa alguna. No sucede lo mismo con las otras artes, que exigen una enseñanza y una preparación. Leer un libro, apreciar un cuadro o una escultura, o incluso ir al cine o al teatro requieren unas condiciones previas que pasan por una educación y hasta por unas condiciones de posibilidad (cada vez más generosas en nuestro tiempo): ir a la librería o a la biblioteca o tener libros en la casa, acercarse al teatro, al museo o a la sala de cine… Se requiere también una concentración y un pequeño esfuerzo para meterse en el universo al que nos invita el artista.

Quien no ha tenido la suerte de toparse con un maestro, en la casa o en la escuela, puede ser que pase toda su vida con la idea de que a él no le gusta leer (o no le gusta el cine o no le gusta la pintura…). A mí me parece imposible, como me parece inconcebible también que a alguien no le guste la música. Puede ser que no le guste este o aquel tipo de música, pero que no le guste la música en general parece un imposible. Lo mismo podría (y puede) decirse de los libros. Que a alguien no le guste este autor o aquel género es cuestión que puede responder a las inclinaciones personales y a las aficiones de cada cual, pero que no le guste leer, como a veces oye uno decir, sólo puede ser resultado de que la persona en cuestión no ha sido educada en ese mundo y en esa sensibilidad.

No cabe duda de que la literatura y las artes en general constituyen uno de los grandes placeres de la vida. Y quien a ellas se aficiona encuentra allí consuelo, compañía y solaz. Y estos días de encierro continuo lo han mostrado con contundencia.

En ocasiones se le pide al lector que glose sobre las ventajas y las virtudes de la lectura. La petición es absurda, pues el placer no se puede explicar, sino tan sólo vivir y experimentar. «Quien lo probó lo sabe», decía Lope de Vega del amor. Lo mismo puede decirse del placer de la lectura. Y mientras quien no conoce los placeres y los goces que la lectura ofrece sigue su vida, disipando su tiempo; el lector, reconcentrado en sí mismo, lo multiplica, navegando sin rumbo en los universos infinitos que prodiga la imaginación.

@D_Zuloaga, atalaya.espectador@gmail.com

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