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El confinamiento solo sirve para ganar tiempo, dicen la OMS y todos los epidemiólogos serios que muestran modelos de largo plazo. Aplazar el contacto aplaza el contagio, pero hasta que una vacuna o un tratamiento haya sido desarrollado, incluso ciertos niveles de aplazamiento podrían llevar a una ola de infecciones aún más delicada. Parece que estamos atrapados.
Pregunta mi hija, como muchos jóvenes con terror ante la extensión de las medidas de confinamiento que se anuncian, si no es posible que ellos se infecten voluntariamente para adquirir inmunidad y salir al mundo de nuevo, en su versión de derechos basada en la inmunidad de rebaño. Al fin y al cabo, en las generaciones mayores era común exponer a los hermanos al sarampión “para salir de eso”. El problema es que no sabemos mayor cosa de la persistencia de la inmunidad. De hecho, pululan los epidemiólogos de garaje haciendo malos análisis por las redes.
Alejandro Gaviria compartió una fuerte crítica (Chikina y Pegden) dirigida incluso a los epidemiólogos de verdad, pues sus hallazgos e interpretaciones estadísticas acaban creando perspectivas muy sesgadas y peligrosas en manos ingenuas o por sus propias limitaciones mezcladas con buenas intenciones.
El confinamiento solo sirve para ganar tiempo. Pero el tiempo es una de las cosas más asimétricamente distribuidas en la sociedad: ¿con qué tiempo cuentan los habitantes de la calle en comparación con los trabajadores informales, los empleados de una microempresa o los profesores de una universidad? Entre el día a día, la suma de solidaridades, el mes construido con vacaciones y ahorros o el semestre en teletrabajo hay poca distancia, y la mayoría de la población se encuentra en esas condiciones. El tiempo del Estado estira un poco con ayuda del sector financiero y la convergencia de intereses en minimizar la crisis y garantizar algún futuro, así sea para otros negocios. De ahí que mantener las medidas de confinamiento estricto implique tener consideraciones más complejas que la del aplazamiento regional de cada epidemia, pues no hay ninguna garantía en el mediano plazo de que podamos suspenderlas si no cambian las premisas con las que se declararon.
Hay que encontrar alternativas lejos del calambre lírico, pero sí ingeniosas, imaginarias, incluso patafísicas; hay que entender que la naturaleza no nos pasa ninguna cuenta de cobro porque no existe autónoma, es un relato o una producción imaginaria (y conveniente) de los humanos al estilo del Pepe Grillo de Disney.
La chuchita de Neiva con sus chuchitos cargados es una imagen maravillosa de la resiliencia de la fauna y un símbolo del espacio que los humanos ocupamos sin ver el resto de la biodiversidad. Pero, mientras nos maravillamos de los animales urbanos cruzando las cebras, el Caquetá y el Guaviare siguen siendo deforestados y arden sin mesura; lo reportó Corpoamazonia esta semana. Hay quienes usan el COVID-19 para continuar la destrucción del mundo pese a todas las advertencias, indudablemente el resultado de una sociedad obtusa que aún le apuesta a la colonización de las selvas, la desecación de los humedales y la plastificación de los océanos como “base del bienestar”, en vez de optar por una economía regenerativa y solidaria que ya existe, pero que no hemos querido implementar porque no es rentable en el corto plazo. Como si tiempo fuera lo que tenemos…