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Escudriñar las elecciones territoriales de hace ocho días desde el punto de vista de los votantes —y no de los juegos entre poderosos, que es donde mayormente flotan los análisis periodísticos— me llevó a tres conclusiones: una parte de la ciudadanía colombiana votó con el hambre de hoy, otra demostró que se hartó de demagogia y en algunas regiones, a pesar de todo lo que hemos vivido, aún buscamos elegir a sabios.
En muchos territorios en estas elecciones que acaban de pasar volvieron a ganar los políticos dañinos —como los Gnecco en Cesar, Acuña en Sucre, Char en Atlántico y Toro en el Valle—. La paradoja es que suben en hombros de la misma gente que paga los platos rotos de sus gobiernos mañosos.
No es solo compra de votos, que sin duda la hay de diversas formas. Una búsqueda en Google de denuncias por este delito arroja 8,5 millones de resultados.
Es más de fondo. Es desesperanza, nacida de jamás haber visto un gobierno realmente bueno; uno que no reparta contratos para pagar favores de campaña, en un ciclo perverso que hace que las obras nunca se acaben; uno que no les entregue los servicios públicos a sus empresarios amigotes, pasándoles la cuenta de cobro a usuarios que los pagan carísimos; uno que no ponga a amigos y familiares de funcionarios, que obviamente les funcionan a ellos, no al público.
Resignada, la gente piensa que ellos van a ganar de todos modos y por eso, pragmática, los vota a cambio de conseguir algo concreto para hoy: una plata, un subsidio, un empleo. O sacan alguna migaja porque son parte del círculo de sus clientelas. O, como en Bucaramanga, votan por el pastor porque las iglesias evangélicas ya les dan su protección.
La otra expresión de desaliento es abstenerse. De los casi 39 millones que podían elegir a sus alcaldes, 16,7 millones no votaron, votaron en blanco o les pintaron bigotes a los candidatos para anular el voto.
Electorados en Cali y Medellín se replegaron y escogieron a políticos de trayectoria. Más allá de si los elegidos resultarán en gobiernos eficaces, fue el sano hastío con el populismo y los discursos grandilocuentes (ese es el mensaje de fondo al presidente, creo yo). En Medellín derrotaron al exalcalde Daniel Quintero, que confundió el cambio con la destrucción de lo logrado en años de buenos gobiernos y lo reemplazó por retórica y malos manejos. Los bogotanos se fueron con Carlos Fernando Galán, la mejor definición de un antipopulista, que promete continuar lo que se hizo bien y corregir lo que va mal.
Eso es un viento fresco en estos tiempos de América Latina, donde tantos pueblos se han ido tras las últimas novelerías que buscan refundar las patrias y terminan con unos dictadorzuelos que asfixian lo poco de democracia que dejaron los malos políticos.
En Colombia pasa también algo muy sui géneris. A veces, a los ciudadanos les da por lanzarse a escoger a alguien nuevo que sacuda el sistema de castas y clanes, pero no escogen a un Bukele, un Milei ni un Quintero. Escogen a un sabio, un filósofo-matemático como Mockus o un doctor en matemáticas como Fajardo, y esta vez, a Mikhail Krasnov, un profesor de origen ruso, con múltiples maestrías e idiomas, que despertó la ilusión de que puede convertir a Tunja en un paraíso.
Ese voto viene de ese ADN tan nuestro, de fe en la educación, de admiración por el conocimiento; es un valor que no han logrado destruir en buena parte del territorio tres generaciones de mafiosos ni tampoco la rabia artificial producida por los manipuladores profesionales de las redes sociales.