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¿Una rebelión francesa?

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El resultado de las elecciones presidenciales de Francia, el domingo seis de mayo, será definitivo para el rumbo que tomen los esfuerzos por la superación de la crisis económica y social de Europa.

La continuidad de Nicolás Sarkozy en la jefatura del Estado significaría la consolidación de la alianza ortodoxa que mantiene con Alemania a favor de la austeridad como remedio amargo que se tienen que tomar las sociedades de países caídos en desgracia a los ojos de agencias de calificación que tienen el poder de establecer quién va bien y quién va mal en este mundo, conforme a una lectura determinada de la economía y la sociedad, claro está. La eventual llegada de François Hollande al poder, a nombre del Partido Socialista, significaría una lectura distinta del problema y la irrupción de propuestas de acción diferentes de las ortodoxas, lo que plantearía automáticamente una división importante en el binomio franco alemán y amenazaría con dividir a los países del continente.

Se equivocaron quienes esperaban una campaña limitada a las sofisticaciones propias de sociedades políticamente avanzadas, donde hay acuerdos sobre lo fundamental y las diferencias entre las propuestas de los partidos difieren en pequeños porcentajes de impuestos o beneficios. El entorno de la crisis europea y los fantasmas de lo que puede llegar a pasar, después de ver las escenas de Grecia, obligaron a que volvieran a aflorar las tradicionales diferencias entre una derecha apegada a las fórmulas propias de la tradición económica liberal y una izquierda interesada en dar al Estado la opción de no ser tan insignificante y tan dependiente de factores cuyos intereses poco tienen en cuenta a la gente de carne y hueso.

Los resultados de la primera vuelta pusieron de presente, no hay que olvidarlo, que a pesar de la ventaja individual de los socialistas, una clara mayoría de los franceses preferiría opciones que oscilan entre el centro y la derecha. Pero a la hora de hacer las cuentas de la segunda vuelta la situación parece lejos de conducir a la lógica elemental de agrupamiento de las fuerzas afines, porque surge entonces el fantasma del desencanto con Sarkozy, a quien rivales que podrían ser afines quieren ver cuanto antes fuera de juego, para poder avanzar en sus pretensiones.  A lo que se suma, en ese caso sí, la agrupación de las fuerzas de izquierda en torno a Hollande, que desde el momento del anuncio de los resultados recibió la adhesión de partidos similares al suyo, sin nada a cambio, si es que eso es posible en política.

A pesar de que las encuestas dan por ganador al candidato socialista, el presidente actual, que es un formidable animal político y tiene una habilidad enorme para convencer electores con la magia de la palabra, no ha perdido todos sus chances y estará en hasta el último minuto haciendo uso del arma de su verbo para buscar apoyo entre los militantes expósitos de Le Pen y Bayrou.  Algunos medios de comunicación de gran influencia se han volcado además en su favor haciendo eco de los típicos sentimientos que consideran exitosas realizaciones como el incremento de la edad para obtener la pensión y la reducción de límites a la acción del sector privado. Y hasta la Canciller alemana no ha ahorrado esfuerzos para proclamar la importancia que para ella tiene el que Sarkozy siga a la cabeza del Estado Francés.

Pero es justamente todo eso lo que parece haber levantado una vez más la ola de la movilización social de gente que guarda alguna esperanza en que existan caminos de salida a la crisis que no extiendan la tragedia griega al resto del Continente. Y por eso no solo en Francia sino en toda Europa aumentan las manifestaciones justamente a favor de esa otra forma de hacer las cosas, aún indeterminada, que se apiade más de los problemas que viven las personas sencillas de carne y hueso, no las que figuran de manera anónima en las estadísticas. El hecho de que las respuestas de Hollande hayan suscitado reacciones tan duras como las del semanario británico The Economist, que en primera página de esta semana titula “El más bien peligroso señor Hollande”, solo sirve para reforzar las esperanzas de los franceses de izquierda, que irán a votar con ganas, y de millones de ciudadanos desamparados en otros países, como en Grecia, que no pueden votar pero sueñan con que salga por ahí alguien con poder que trabaje en su favor.

Los gobiernos y los pueblos de toda Europa están alerta. Una rebelión francesa se puede aproximar y convertirse, una vez más, en elemento que obligará a cambiar muchas cosas. Aunque un gobierno socialista tampoco estaría exento de quedar enredado, como tantos otros, en las complejidades de un sistema poderoso que no ahorrará esfuerzos para combatirlo.

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