Primera Guerra Mundial

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Ya sabemos que, ahora sí, vivimos una guerra verdaderamente mundial. La primera de una nueva cuenta. No puede merecer sino ese nombre, pues involucra prácticamente a la totalidad de los países del mundo, y no solamente a los gobiernos, sino a los pueblos. Las llamadas guerras mundiales del siglo XX fueron esencialmente guerras europeas, aunque hayan salpicado de sangre otros parajes. Además, fueron enfrentamientos de unos Estados contra otros, mientras que en la de hoy todos estarían llamados a estar del mismo lado, por encima de sus diferencias políticas, que nada significan ante la índole de una amenaza común.
 
En la segunda mitad del siglo XX, y en eso consistió la Guerra Fría, el mundo vivió, sin armas, una controversia fundamentada en visiones distintas de la política y de la economía. Al mismo tiempo se dedicó a prepararse para que sus defensas estuvieran listas a rechazar el ataque de una de las grandes potencias de la época, o de alguno de sus aliados, o agentes, que les sirvieran de testaferros para librar guerras locales o regionales. Las afiliaciones, voluntarias o forzadas, a uno u otro campo, coparon la geografía del planeta.
 
A ese ritmo se desarrolló la “carrera armamentista”, advertida por Eisenhower cuando, en la agonía de su presidencia, denunció las consecuencias que para el mundo traería, como trajo, la alianza de la industria con el objetivo de desarrollar armas cada vez más sofisticadas, apoyada por la ciencia, al servicio del propósito de que los países pudieran ser, o parecer, más fuertes que todos los demás. Para no traicionar, en los papeles, el compromiso con la paz, se acuñó la peregrina, y a la vez irrefutable, teoría de que la disuasión del oponente era la clave del respeto mutuo y del mantenimiento de la paz. El equilibrio del terror.

Otra confrontación, tibia, motivada en razones de sentimiento religioso, mezcladas con tradiciones culturales e intereses políticos, con episodios de acción puntual y violenta, además de un discurso de “choque de civilizaciones”, alcanzó a pasar al Siglo XXI y a marcar el tono desordenado de sus primeros años. Tiempo que en algunas partes vio florecer, otra vez, gobernantes exóticos, figuras dominantes de sus naciones con argumentos elementales, mirando casi siempre hacia el pasado y carentes de imaginación para afrontar el futuro.
 
El año 2020 despuntó nublado con una amenaza invisible, creciente e implacable, capaz de producir un verdadero, e inédito, paro mundial. Nadie tenía preparado arsenal suficiente para defenderse. De ahí que la tarea principal, para enfrentarlo, sea la de esconder a la especie humana, cada quién en su refugio, mientras los estados se pueden dotar del arsenal necesario para combatirlo y derrotarlo.
 
Desde armas nucleares hasta ametralladoras montadas en camionetas, los Estados se habían preparado para afrontar eventuales nuevos episodios de las guerras tradicionales: enfrentamientos tribales de miembros de una misma especie, en la mayoría de los casos llenos de odio, disfrazado de ideales, y sedientos de poder. A todos los tomó por sorpresa un virus que vino a hacer realidad cálculos que diferentes centros de estudios estratégicos habían hecho ya sobre las amenazas contemporáneas contra la humanidad, a las que los gobiernos no habían hecho caso.
 
Ante la obligación de detener el asalto universal de ahora, y frente a la perspectiva de nuevas oleadas de ataques similares, ya comenzó, a las volandas, una nueva “carrera armamentista” destinada esta vez a fortalecer las capacidades de los sistemas de salud. El primer objetivo será el de las vacunas capaces de contener, en el futuro, nuevos brotes del mismo virus o de parientes cercanos. Soldados de la nueva guerra son los médicos y el conjunto de personas que laboran con ellos en la salvación de las vidas amenazadas. Pero todos ellos deben ser ante todo reconocidos en su significación, atendidos debidamente en su valor social y sus merecimientos laborales, y estar dotados de las armas necesarias, la infraestructura y la logística referidas para ir al frente de batalla. 

Nuevas alianzas, encuentros y desencuentros, entre industria y estados se irán haciendo evidentes, al impulso de las necesidades de un proceso que requerirá del avance de fronteras de la ciencia como elemento que marcará diferencias importantes, otra vez, entre países que tengan una u otra capacidad de producción científica o de recursos para hacerse a los resultados de ella. También se movilizará el aparataje requerido para hacer negocios e influir en las organizaciones y en los estados. La industria farmacéutica será abiertamente protagonista de acciones que tendrán consecuencias no solamente en el campo de la salud sino en el de la política, y la geopolítica.
 
Un nuevo concepto de seguridad, nacional e internacional, cuyas raíces ya están echadas en torno a la idea de la “seguridad humana” debe ser premisa fundamental e ineludible de éxito de las acciones presentes y futuras contra enemigos comunes.  La cooperación internacional se deberá ver reforzada, lo mismo que las instituciones encargadas de coordinar esfuerzos en materia de salud, como la OMS, cuya voz lánguida casi no alcanza a ser escuchada con motivo de la crisis de hoy.
 
Resulta ineludible preguntarse si, ante el reto más grande que haya afectado jamás a la comunidad internacional, sin distinción de fronteras, el mundo tiene, en los puestos de comando de diferentes países, gobernantes con el carácter suficiente para conducir la batalla general contra un enemigo común. Ellos serán responsables de los aciertos y desaciertos en el ejercicio del papel que al Estado corresponda ejercer y de la conducta que tomen en beneficio de la sociedad o de aquellos a quienes consideran que les deben el poder.
 
La salud ha saltado al escenario como valor universal. La preocupación por ella corre paralela a la preocupación por la economía. De hecho, ahora mismo existen posiciones que privilegian la una o la otra. Ese es, de una vez, el origen de disputas que deben dirimir los ciudadanos y no los dueños del juego del sistema económico, que de paso siguen silenciosos, en espera de que todos los demás pierdan y no se les vaya a ocurrir afectar las columnas del edificio de sus privilegios.
 
Una especie naciente de “ciudadanía mundial” tiene justo ahora oportunidad de reclamar que todos, absolutamente todos, los sectores de la vida nacional e internacional comprendan que pueden, por una vez, dejar de ganar, en lugar de aprovechar de la ocasión para acentuar su control, cuando los damnificados de la crisis actual vuelvan a la normalidad, desvalidos, a recibir apenas el “beneficio” vergonzoso y abusivo de que sus deudas se vuelvan a programar.
 
La batalla que se pueda dar por parte de esa ciudadanía en los próximos meses, con la concurrencia de gobiernos socialmente sensibles, imaginativos y progresistas, debería trascender a repensar esas reglas que la ortodoxia económica neoliberal considera sacrosantas de funcionamiento del sistema económico que domina el mundo, para que se transforme y admita espacios de beneficio social. La orden de permanecer en casa ha permitido identificar, en forma natural, y en todas partes, el estado precario de sectores de la sociedad que deben ser incorporados a la corriente del bienestar que, en medio de las dificultades de la reconstrucción, habrá que emprender con paciencia y generosidad. 

El espacio está abierto, en medio del desconsuelo de ahora, del encierro reflexivo y de la sensación de resurrección que tendrá lugar cuando el mundo salga de este problema, para la irrupción de nuevas formas de aprecio de la condición humana, de acción política, de trámite de aspiraciones sociales, y de solidaridad. Hay que aprovechar la oportunidad.
 

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