
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Vencer
Miguel salió por la ventana así como lo planeó, caminó al final de la cornisa y comenzó a contemplar los 20 pisos que lo separaban del pavimento, entonces dudó. El roce de la ventana despertó a Juliana, un sonido común, pero sintió algo extraño; salió al balcón y vio a su vecino absorto, mirando hacia abajo. Su primer impulso fue gritar pero se contuvo, pensó en un gato asustado. De puntitas entró y despertó a su compañera de casa, susurrando le narró la escena, ella llamó a los bomberos. Juliana volvió al balcón, temerosa de no encontrarlo, pero allí estaba como congelado. Un hilito de voz salió de su garganta: -Miguel, míreme-, el hombre reconoció la voz y giró la cabeza. -Usted me ha contado de sus deudas, del trabajo que no consigue, de su familia lejos, pero quédese-. El hombre cerró los ojos, el viento le despeinaba el cabello. -Miguel, este será el peor escenario del mundo pero debo decírselo, yo lo amo, quédese conmigo-. El hombre abrió los ojos y una lágrima escapó, lentamente comenzó el recorrido de vuelta a la ventana.
– ¿Por qué dijiste eso?-, preguntó la compañera. -Solo el amor vence a la muerte-, respondió Juliana.
Isabel Cristina Yepes Ocampo
***
No quisiera extrañarte tanto
El viento sopla por la rejilla de la ventana y tu cama aún yace tibia. Tu olor en las sábanas parece perenne, pero desaparece con el pasar de los minutos mientras siento que no puedo dejar la noche atrás. Cómo quisiera que el beso que me has dado perdure hasta nuestro próximo encuentro. Siento tu olor, veo tu sonrisa, acaricio en mi memoria tu cabello que, de vez en cuando, se me enreda en los dedos. Quebrantado, levanto mi soñoliento espíritu que se prepara para una nueva aventura, y aunque busco tu calor, eterna es tu ausencia. Tu aroma flota por donde quiera que vaya con mis pies descalzos y me pregunto por qué no podemos siempre estar juntos. Sé que lo haremos, algún día. Tu silueta se ha ido desdibujando y siento que es mi culpa, no soy perfecto. Estaré esperando el beso de buenas noches, necesito tu aliento, necesito fuerzas para no olvidarte, mamá.
Juanita Segura Forero
***
Llaman a la puerta
Llaman a la puerta de nuestra habitación. Mi esposa me mira atemorizada, pues en esta casa hace días no hay nadie más que ella y yo. Golpean otra vez.
⎯Siga ⎯dice mi esposa, fingiendo tranquilidad.
Entra una mujer pálida.
⎯¿Pueden dormir con el frío que hace? ⎯pregunta la mujer al tiempo que desaparece entre las cortinas.
Nos miramos estupefactos. Suena el teléfono. La mujer aparece diciendo que ella contesta, y, al instante, se desvanece.
Varios minutos pasan. Un profundo silencio nos inunda. El sonido del teléfono persiste. No tengo más remedio que contestar.
⎯¿Aló?
⎯¡Fuiste tú…! ⎯me sentencia una voz femenina.
Y, desesperado, alzo el puñal y asesto el golpe. Sólo escucho un grito de terror que me hace cerrar los ojos. Al abrirlos, estoy hablando con un par de sombras.
De nuevo, suena el teléfono.
Jonathan Alexander España Eraso (Pasto, Nariño, Colombia)
***
***
Madre musulmana
He visto tristeza y humillación, desaliento, desolación, en la postura de una mujer cansada. Definiéndolos todos, su mirada bárbara, dirigiéndose al infinito, se iluminaba detrás de la sombra de su nekab.
Nicolás Contreras
***
Los usos del algodón
Te fuiste un día dejándome tu pijama, pensé que era una señal, en realidad lo olvidaste en tu huida. De vez en cuando lo acaricio hipnotizada con su textura y el recuerdo de tu piel. Es parte de una historia sin final. Hoy de repente como si quisiera acelerar el olvido decido aprovechar el paño para limpiar, la etiqueta dice algodón cien por cien. Mi madre siempre me dijo que el algodón era ideal para ese fin. Arrastra todo en su camino, no cede y tiene tendencia al encogimiento. ¡Me recuerda tanto a nosotros! Tú no cedías nunca a mis deseos y yo me iba encogiendo cada día un poco más, arrastrada hacía el mandato de tu voluntad.
Rosa Reis
***
En las nubes
Alcanzaba a sentir el ruido de las olas golpeando contra el arrecife, el olor de la sal, la brisa que refrescaba su cara; el amanecer junto a ella, su cuerpo, su imagen; alcanzaba a tocarla, a sentir su placer, a identificar cada uno de sus gesto al amar; la sensación era increíble, su cuerpo se estremecía, su mente se elevaba a niveles antes no imaginados, hasta tal punto que solo el brazo, que con fuerza lo sacó de la vía del tranvía, fue capaz de hacerlo volver a la tierra, vio sus ojos, vio el mar.
Jorge Eliécer Villarreal Fernández
***
Los fantasmas
Un día la ciudad despertó y estaba llena de fantasmas. Fantasmas que deambulaban bajo un cielo nublado que no paraba de llover. Vagaban sin vida, sin ánimo, sin esperanza, sin nación. Solo hambre y frío. Fantasmas que llegaban para quedarse, ocupar y sobrevivir aunque los sentíamos muertos. Ocupaban nuestras aceras con sus existencias transparentes y con sus maletas llenas de recuerdos y pedazos de patria. Alteraban nuestra tranquilidad, nuestra fingida paz de un país corrupto, con falsos positivos y sed de guerra. Eran inevitables. En las aceras, en los semáforos, en las esquinas, en las entradas de los restaurantes y en las salidas de los almacenes. Clamando por ser vistos, escuchados, comprendidos, pero nuestra indiferencia que se convertía en desprecio los invisibilizaba. Cada vez más invisibles a nuestros ojos pero más perceptibles a nuestra apatía. Los ignorábamos como si estuvieran muertos, cuando quienes no tenían vida éramos nosotros. Pero un día el sol saldría y los fantasmas partirían a sus hogares a reconstruir su país con los fragmentos de nación que cargaban con ellos. Y nos quedaríamos de nuevo solos, bajo la lluvia, siendo nada, ni siquiera fantasmas, porque para ser fantasmas se necesita haber vivido.
Sergio Felipe Fernández Mesa
***
Sensación Irreal
Dos manos se reconocen, se presienten, se desean, se acarician vorazmente, eróticamente, azarosamente, lúbricamente, lujuriosamente… amorosamente… Una mano embelesada en el tacto de la otra mano, sensación apabullante al sentir esa tersura, esa ternura, la calidez del roce, la limpieza de esos movimientos; el bellísimo descubrimiento de esa longevidad, el ardor y fogaje que desprende una piel nueva, la inocencia de esos poros con los que la vida le permitía toparse. Una mano se recreaba sintiendo la pureza de la otra mano, la dulzura de la caricia, la delicadeza de la lisonja. La mano anonadada ofreció entonces, un suspiro de éxtasis; ocasión de media distancia… la esquiva necesaria y suficiente, para que la otra mano tuviera el tiempo de retirarse el guante de látex hipo alergénico que todo ese encuentro le había cubierto y salvaguardado.
Diana Rocío Fajardo Segura