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En el caso de algunos fenómenos sociopolíticos que han hecho historia, no todas las causas y orígenes son lo que aparentan ser.
Para muestra un botón: las raíces de la Revolución Francesa fueron económicas, no sociales. La monarquía francesa, en razón de poco afortunadas aventuras de ultramar combinadas con gastos internos suntuarios que no se compadecían con los magros ingresos, llevaron al reino galo a la bancarrota. La única opción de Luis XVI fue convocar los Estados Generales con miras a incrementar los ingresos fiscales: la Revolución que se desencadeno en 1789, como Saturno, terminó devorando a sus hijos.
Las recientes apropiaciones por parte del gobierno argentino de las reservas del Banco Central y de los recursos pensionales tienen una raíz histórica más honda: el acceso mínimo a los mercados crediticios internacionales, consecuencia directa de la decisión —hace unos lustros— de sólo pagar una parte ínfima de su deuda, dejando engrampados a miles y miles de acreedores. Estos acreedores no eran sólo institucionales, sino en su inmensa mayoría pequeños ahorradores individuales —muchos de ellos inmigrantes y sus familias— que jamás le perdonarán al gobierno argentino el haberles diezmado sus ahorros. El precio que paga un país por ser tramposo es alto.
Regresando al caso concreto de la torpe nacionalización de YPF (nacionalización que valga aclarar tiene la aprobación del 58% de los argentinos), el gobierno argentino afirma que dicha medida se debe a la incapacidad de esta empresa de suplir las necesidades energéticas, especialmente de petróleo, de esta nación. Pero las autoridades argentinas se han cuidado de no revelar tres de las principales causas del desabastecimiento: la primera es que al haberle entregado la cuarta parte de la empresa a la familia Esquenazi (afecta sobretodo al finado Néstor Kirchner), permitiéndoles pagar su compra de acciones con las mismas con utilidades (al estilo Carlos Slim), YPF se quedó sin recursos para adelantar nuevas exploraciones. La segunda causa es que los draconianos controles de precio han causado sobreconsumo energético, sin la correspondiente inversión para adecuar la oferta a la demanda. (De 2000 a 2010 la demanda aumentó en 40%, mientras que la oferta sólo 22%).
La tercera causa es que, con base en un nacionalismo energético cerrero y miope, Argentina cerró las puertas para que otras empresas explotaran nuevas fuentes de energía.
Argentina hoy tiene que importar 9.000 millones de dólares en petróleo y gas. El déficit energético se lleva por delante casi la totalidad del superávit comercial. Las reservas de gas y petróleo de esquisto del yacimiento Vaca Muerta le pueden permitir a Argentina doblar su producción en una década, pero se requieren 22.000 millones de dólares. En un país del tamaño de Argentina, estos recursos no serían difíciles de conseguir en los mercados internacionales. Pero no es Argentina un país normal: sus repetidos incumplimientos, al igual que su precaria situación fiscal, han hecho que agencias como S&P califiquen la deuda argentina como ‘negativa’.
Al no tener mayor acceso a los mercados internacionales de crédito, vilipendiada por la comunidad financiera y con la cruda realidad de que sus bonos son considerados ‘basura’ en los mercados, los argentinos tienen y tendrán que pagar el precio de ser un Estado tramposo.
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Apostilla: En vez de la costosa propaganda que resalta lo fácil que es sacar el nuevo pasaporte, bien haría el Ministerio de Relaciones Exteriores en invertir sus escasos recursos en mejorar el servicio: los ciudadanos gastamos hasta tres horas haciendo cola para la entrega de los documentos y hasta otras tres horas el día siguiente para que nos suministren el nuevo pasaporte. ¡Ojo, señora ministra!