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El otro día compré una memoria USB, que venía empacada en una vistosa envoltura plástica con un agujero para hacerla colgable. Al lado del indicativo de la capacidad de memoria había una foto de un tipo relajado y contento con un laptop en las rodillas.
De seguro el tipo estaba relajado y contento porque no había empezado a abrir el dichoso empaque. Primero intenté hacerlo a mano, pero la armazón parecía blindada. Me conseguí unas tijeras y quise atacar audazmente la panza del empaque: la resistencia que la envoltura opuso a mi primer esfuerzo fue feroz. Lentamente logré abrir una brecha en el paquete pero, en un descuido, pasé la yema del dedo sobre el borde recién cortado y el filo del plástico me sacó sangre. De malgenio intenté ahora sí romper en dos el paquete con las manos, siendo otra vez humillado. Al final, resumiendo, el hombre triunfó sobre la bestia. Eso sí, apenas tuve la USB en la mano me puse a escribir esta queja.
Soy un cincuentón no muy apartado del sexto piso, lo que significa que pertenezco a los tiempos de oro del celofán. El Celofán original era el nombre de marca de una película transparente derivada de la celulosa (la palabra combina “celulosa” y “diáfano”), muy fácil de rasgar. Tenía, sí, la desventaja de que al estrujarlo hacía un ruidito detestable que le tomaba a uno los nervios. Me dijeron hace poco que para los pedagogos ultramodernos estas fobias a los ruidos provienen de una educación defectuosa en la primera infancia. No sé. Sin embargo, dejemos así y digamos que el celofán llegó a ser tan popular que se convirtió en un genérico, al punto de que hoy existe la frase “romper el celofán”. Lo claro, en cualquier caso, es que no oponía resistencia.
Supongo que los no nacidos ayer y aficionados al cine recordarán la escena de El graduado en la que Dustin Hoffman está en la piscina. De repente un tío le habla del futuro y le dice:
—Plastics! The future is plastics!
Pues bien, ese futuro ya pasó hace tiempo y el plástico se ha vuelto ubicuo: nos rodea como basura indestructible. La gran mayoría de los plásticos contemporáneos —y son miles de compuestos distintos, difíciles de separar en una cadena de basura— se obtiene del petróleo y no es biodegradable. De ahí que floten botellas, peinillas, bolsas y demás desechos por los siete mares o que vayan a parar, con leves mellas, a las playas. Rara es la orilla del mar que no exhiba su botella semirrayada por ahí. Se trata quizá de una venganza, la de los objetos serviles.
Los ecologistas —y en este caso uno los entiende, así no sean siempre ecuánimes— dicen que los plásticos de penúltima generación no sólo oponen resistencia a la fuerza mecánica de un pobre mortal, sino que son indigestos para la naturaleza, hasta el punto de que ésta los regurgitará dentro de uno o dos siglos por la primera grieta que aparezca. Tengo entendido que lo último en guarachas en volverlos biodegradables, lo que singularizará a los de apenas ayer como una cicatriz de época sobre la epidermis del planeta. Lee uno por ahí en las páginas paranoicas de internet que las micropartículas de plástico van a acabar con esto y aquello. Tampoco sé. De todos modos, la explosión de los plásticos no puede ser buena para la salud. Eso sí lo sé aunque no por qué.
No, no soy desagradecido. No echo de menos el trozo de cristal en el borde de una piscina que te destroza el dedo, pero sí digo que el progreso técnico tiende a ningunearnos.
andreshoyos@elmalpensante.com@andrewholes