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La cuarentena maneja sus propios ritmos y, por desgracia, no es igual para todo el mundo. Si el virus no hace distinciones y es quizás lo más democrático que hemos vivido y vamos a vivir, no lo es el encierro que estamos afrontando para protegernos de él. Aunque cada ser humano vive este instante lo mejor que puede, es innegable que mientras unos miran películas “arrellanados” en sus sillones favoritos, como bien lo dijo Cortázar en su excelso cuento Continuidad de los parques, otros buscan con mayor dificultad pasar como sea ese tiempo que se antoja eterno. Y así, desde esta perspectiva, y por el simple hecho de que el virus no tiene prejuicios y tampoco discrimina, a veces creemos de manera equívoca que todos estamos en lo mismo.
Y es evidente que no es así. En un momento donde lo más importante es la solidaridad y la empatía, no podemos darnos el lujo de pensar que la pandemia nos mandó a todos a un mismo lugar y que, por lo tanto, son pocos los que necesitan nuestro apoyo. Se escucha y se lee que una vez pase esta tormenta, la sociedad no será la misma. Se oye decir que en medio de esta fatalidad al menos las familias se volvieron a reunir; los padres ausentes regresaron al hogar; las personas que se creían incapaces de trabajar desde sus casas, ahora lo hacen con la felicidad de quien ha evitado el trajín cotidiano de la movilidad. Son muchas las voces que auguran una vida mejor, más consciente de la naturaleza, menos material, más sencilla. Ojalá que todas estas profecías se cumplan y que muchos de nosotros hayamos aprendido las lecciones de este vendaval.
Sin embargo, estoy convencido de que todos esos buenos deseos no se podrán realizar si no los empezamos a aplicar desde ahora en medio de la dificultad. De nada nos sirve hacer ese profundo examen de conciencia si después de ver una película, hacer una teleconferencia o meditar sobre lo difícil que es la existencia, no somos capaces de realizar gestos concretos de amor por la vida del otro.
No podemos dejar de estar pendientes de todas esas personas que están pasando la cuarentena solas; no podemos dejar de pensar en todas esas familias que no tienen internet y que por ende no pueden ni comunicarse con facilidad ni terminar su día escogiendo qué van a ver; no podemos dejar, en la medida de lo posible, de apoyar económicamente a esos trabajadores que no han podido desplazarse para abrir una puerta, servir un café, hacer el aseo o cuidar a los niños; no podemos dejar de preguntarle a nuestros seres queridos si se encuentran bien y mucho menos no podemos creer que con un mensaje de celular es suficiente. Si en este presente lleno de tiempo e incertidumbre no podemos hacer una llamada que valore la vida en su totalidad, significa que seguiremos jodidos.
De nada nos sirve esta experiencia si nos ensimismamos en nuestras comodidades y en lo bonita que ha sido la cuarentena pese a todo. Si asumimos lo que se está viviendo desde el egoísmo que siempre nos ha caracterizado como seres humanos, ese futuro pseudoprometedor que estamos vislumbrando se va a ir al traste; y volveremos en menos que canta un gallo a la misma vida de siempre. De nada habrá servido la pandemia y mucho menos el encierro y todos esos momentos filosóficos que nos hizo pasar. El momento de la vida es ahora y no cuando todo haya terminado. Una vez más, como con la propagación del virus, esto sigue estando en nuestras manos.
@jfcarrillog