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Obligados a la salvación

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La campaña presidencial francesa ha sido un concurso por proponer la mejor forma de escapar a la crisis económica que amenaza con la ruina del Estado y de todos…

La campaña presidencial francesa ha sido un concurso por proponer la mejor forma de escapar a la crisis económica que amenaza con la ruina del Estado y de todos; pero las diferencias entre los partidos no han sido tan grandes porque el debate se dio en una sociedad de esas que han conseguido ponerse de acuerdo sobre lo fundamental; lo difícil será justamente modificar unos elementos aparentemente inamovibles de ese acuerdo implícito que parecen haberse convertido en obstáculo para el funcionamiento del país: por una parte se reseña una desigualdad ciudadana que todos coinciden en denunciar, y por otra se hace evidente una tendencia generalizada a abusar de los beneficios del Estado de Bienestar. A lo que convendría agregar el aparente abandono del Estado al compromiso con el liderazgo cultural que Francia ha ejercido en el escenario europeo.

Prácticamente sin excepción, los concursantes en la primera vuelta de han coincidido en el propósito de denunciar las extravagancias y el poder excesivo de los más afortunados.  Los socialistas se proponen cobrarles impuestos de un setenta y cinco por ciento sobre las ganancias anuales superiores a un millón de Euros. Los comunistas proponen llevarse para el Erario la totalidad de los ingresos anuales superiores a trescientos sesenta mil. Y el propio presidente saliente tiene sus quejas pero ha manifestado preocupación por la confrontación que se acrecienta.

Los pequeños empresarios, acostumbrados a trabajar sin pausa en busca del éxito, denuncian sus dificultades al encontrarse en el terreno de la productividad con nuevas generaciones de asalariados que abusan de los privilegios adquiridos y no tienen el ánimo de contribuir a la generación de riqueza colectiva, porque sus ambiciones no tienen otro horizonte que el de su propia subsistencia. Los trabajadores de la cultura, acostumbrados a la dinámica de corrientes culturales apoyadas sin reservas por el Estado, se quejan de la mercantilización de la cotidianidad y el aparente desconocimiento de su función.

El resultado de la primera vuelta, con una diferencia tan estrecha entre los candidatos, no ha despejado todavía las anteriores preocupaciones. Lo que significa que está por definirse cómo se hará justicia fiscalmente con los poderosos, sin ahuyentarlos para que caigan en manos de vecinos como los suizos, los belgas o los luxemburgueses, que gustosos recibirían a quienes se incomoden en Francia y quieran emigrar. También está por verse si los socialistas, en caso de ganar la presidencia en unos días, estarían dispuestos a encontrar la fórmula para inyectar entusiasmo auténtico y productivo entre todos los que, abusando de las invenciones de la época de Mitterrand, se acostumbraron a pasar buena parte de sus vidas dedicados a vivir gratuitamente por cuenta de la riqueza común.

Como siempre, las elecciones francesas se constituyen en paradigma de los procesos políticos europeos y es de subrayar el hecho de que, si ganan los socialistas, quedaría desvirtuada la idea de que la derecha gana cuando hay que salvar al país de los desatinos de la izquierda, porque aquí es lo contrario. En cambio quedaría comprobado que el mal europeo no tiene partido y que el síntoma de la molestia por las ganancias extravagantes de los poderosos indica que el problema por resolver es el del funcionamiento mismo del sistema económico.

Un afiche abandonado en una calle del Barrio Latino dice: «Que los capitalistas paguen sus crisis», y tal vez ese sea uno de los asuntos de fondo que tendrán que debatir los candidatos que siguen en la competencia. A lo que deberán agregar sus ideas sobre el sentido que pueden tener hoy mismo las conquistas de otra época, que de no ser usadas correctamente se pueden convertir en un escollo para la salida del problema actual. En fin, la obligación de salvarse debe agudizar la imaginación de Hollande y Sarkozy, bajo la mirada implacable de Marine Le Pen, que solo tendría que quedarse quieta para cosechar nuevos avances si los demás no son capaces de manejar con solvencia el problema que les toca resolver.

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