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Pregunta: ¿cuándo un equipo juega tan mal, como lo hizo el Medellín ante Boyacá Chico, cuál debe ser el tono de las declaraciones del director técnico?
Así de sencillo: ¿a usted le gusta que el técnico salga y diga frases tan categóricas, reveladoras, frustrantes como ‘fuimos un desastre, jugamos demasiado mal, no hicimos una, todos fallamos, incluyéndome a mi’, o preferiría que el adiestrador de turno maquille el fracaso deportivo con otro tipo de declaración?
Hernán Darío se vio enfurecido, arrebatado, sin pelos en la lengua y sin eufemismo alguno siendo integralmente auténtico, tal cual como es él, derramó el balde del agua sucia, lavó los trapos en público y dejó claro que sin señalar a un jugador en particular los puso a todos en la picota pública.
El Medellín jugó muy mal, su actuación fue patética, pero que no quede duda alguna de que el responsable es el propio técnico a quien contrataron para cambiarle la cara al equipo, para hacerlo jugar bien, para que no fuese el mal equipo que se veía en la época de El Teacher Berrío. A Gómez le pagan muy bien para arreglar el entuerto que recibió, porque si las cosas hubieran funcionado bien con el técnico anterior a él no lo hubieran llamado de ‘bombero’ a apagar el incendio. Si tres meses después el equipo sigue igual de perdido, ajusta tres derrotas consecutivas en la casa y juegan tan mal como antes, las conclusiones son dos: la nómina es definitivamente muy mala y no hay técnico que pueda hacer algo con ella, o Gómez tampoco entendió los problemas internos del equipo y se debe retirar porque ha fallado en su tarea.
Algo similar a lo que vive hoy Millonarios que fue pálido y mezquino en su partido contra el Cúcuta, un partido donde se le fue un punto en el último minuto por una decisión arbitral de cobrar una mano de Franco, para algunos involuntaria, para otros bien sancionada. Lo cierto es que el Cúcuta es uno de los peores colectivos del torneo y a ese equipo había que ganarle si se quería pelear por un cupo en las finales.
Acá ,las declaraciones son diferentes. Páez fue equilibrado, medido, políticamente correcto y no juzgó a su plantilla. Es la afición la que sentencia al técnico venezolano por el zaperoco que armó en los cambios, por su indefinición, su posición vacilante y desconocedora del grupo. Los jugadores oran mucho, rezan, se escudan en ‘el de arriba’, pero en la cancha hacen poco por merecer confianza y en el banco Páez anda extraviado, demasiado perdido.