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Ha empezado diciendo que el costo de los cigarrillos es excesivo. Ostenta las líneas de piel naturalmente dispuestas al placer de las colombianas, y lleva consigo la seña irreconciliable de un pelo teñido con el azul exagerado de los días sin lluvia.
Es hermosa y no le importa: el grado más peligroso de la belleza. Se ha acercado al periodista porque entrará en un vergonzoso pánico si no fuma antes de cinco minutos. Es una compulsión que le trae problemas sólo en lugares públicos, pero en la intimidad encuentra fascinante; le sobreviene después de acabar un libro. Los argumentos mencionados son piezas de un puzzle en la cabeza del periodista. Por eso, es una fortuna que la experiencia de sus manos articulara por su cuenta el movimiento con que puso en los labios de la muchacha el cigarrillo y el fuego. Apaciguada por el humo, ella recupera el dejo de timidez perdido en la compulsión y actúa el gesto de los que buscan marcharse sin hacerlo, dejando que media parte del cuerpo persista en la proximidad del espectador, mientras la media parte que resta se gira en pocos pero abruptos grados. Una mano entra en escena y agarra otra mano. Dos pupilas de súbito cercanas pactan un encuentro sin artificios, sin molestas indumentarias, pero coinciden en que todavía es demasiado pronto para revelarlo a los cuerpos en que habitan. Ofrecerán primero la ocasión para que aquellos dos asistan al gran salón en donde Clarice Lispector se superpone a los versos más tristes escritos en cualquier noche.
Al periodista le satisface pensar que si la poeta hubiese tenido el pelo azul de la muchacha, tal vez el fuego que amenazó con consumirla se habría encontrado con una salvadora resistencia. Sigue pensándolo al cabo de las fotografías, pero acaba por olvidarlo ante el incidente en que arranca el pomo a uno de los falsos cajones de la exposición. Son escasos los cajones abiertos, pero vasto su contenido: cartas al hijo, un certificado de graduación de la escuela y el plan de correcciones para un manuscrito. Los trazos inalterados de la poeta son la impensada fotografía, el orgasmo verídico en que se muestra el rostro sin la suciedad de la madurez.
Periodista y muchacha sienten satisfecho su deseo de ver poesía, pero Clarice, con su mirada que es un verso, les ha heredado la necesidad de fabricarla. Si su escandalosa poesía sucederá en el baño de una Feria del Libro para después despedirse con un apretón de manos, eso no importa, o aún más, los redime. Lo siguiente es prescindible: el periodista narra su historia a un colega. Ambos prometen que ninguno se lo contará a nadie. Alguno de los dos falta a la promesa.
* Juan Villamil