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El Gobierno necesita recursos para atender la emergencia. Ejercer la autoridad que le confiere la Constitución, hasta donde sea necesario. Y anticiparse, aplicando las lecciones de Italia y España. Hemos sido advertidos.
Como ocurrió en la Gran Recesión, en la Segunda Guerra Mundial y en la más reciente crisis de 2008, el Estado, incluso para sus más frecuentes críticos, se revela como el instrumento más poderoso, si no el único, para articular y ordenar los recursos de la sociedad dando preeminencia al interés de todos y afrontar la compleja situación que vive la humanidad. De alguna manera la crisis pone a prueba su vigencia, pero va a necesitar usar todos sus recursos para superarla.
El poder se refiere a la capacidad de impartir órdenes terminantes y hacerlas cumplir. En las sociedades democráticas lo hacemos a través de gobiernos elegidos por los ciudadanos mediante la regla de mayorías, la soberanía popular. Nuestros gobernantes están facultados para tomas decisiones y ejecutarlas mediante políticas. En momentos excepcionales, como el que afrontamos, debemos confiar en ellos; en el uso racional, oportuno e inteligente que hagan del poder. No es momento, en relación a un tema vital, de ejercer la minucia de la política interna en ninguna de sus formas, ni siquiera aunque creamos que tengamos razón.
Lo ocurrido entre algunos gobiernos locales y el Gobierno Nacional no es raro. Estamos ajustando la “máquina” y encontrando el mejor camino para responder en una situación para la que nadie estaba preparado. Tuvo razón la alcaldesa de Bogotá al señalar la tronera de El Dorado por la que se coló el coronavirus desde Europa y también en la conveniencia del simulacro, pero debió reconocer que el Gobierno Nacional, además del mandato legal y las facultades para hacerlo, dispone de más elementos de juicio y mejores recursos. Está mejor informado, considerando muchas variables, y tiene, por así decirlo, una visión periférica que le da otra perspectiva para actuar ante una responsabilidad también mayor. Este no es un asunto de politiquería ni, exclusivamente, de interpretación jurídica: debemos actuar bien y de manera coordinada. Esperemos que la sala de crisis del Gobierno funcione (en ella deben estar representados alcaldes y gobernadores) y, sobre todo, se anticipe para entrar en control de la epidemia.
Seguramente las sociedades autoritarias no afrontan episodios así. Por principio no admiten la divergencia. Ello puede explicar, en buena parte, que China y Corea aplanaran sus curvas de propagación del virus y no lo hicieran Italia ni España, cuyos gobiernos y políticos no entendieron su gravedad. Con esa experiencia fresca no se trata de convertirnos en un Estado autoritario, pero la emergencia decretada por el Gobierno debe ser utilizada plenamente, sin temor a hacer uso de la autoridad ante un mal implacable. “Estamos en guerra contra un enemigo invisible” dijo, con razón, el presidente Macron. ¿No aplican, en este caso, los estados de guerra y conmoción interior previstos en la Constitución? Debemos actuar a fondo y en consecuencia, presidente Duque. Se trata del mayor reto que nuestro país y cualquiera de sus antecesores hubiesen afrontado.
La salud de los mercados y la de la sociedad no son excluyentes. En lógica matemática y en el mundo real se trata de un dilema falso. ¿Pueden ser peores la recesión y el desempleo que los efectos del virus? Nadie recomendaría esperar para verlo ni tenemos por qué hacerlo. Todos los Estados se han movilizado, algunos tarde pero a fondo.
El G7 de manera unificada bajó las tasas de interés; Europa, que llegó tarde a la necesidad del aislamiento, inyectó 1,6 billones de euros para mejorar la liquidez, 150.000 millones en rebajas fiscales y 750.000 millones para comprar deuda; los Estados Unidos del vacilante presidente Trump, estímulos superiores a un billón de dólares, una cifra mayor al plan de reactivación del presidente Obama que en su momento que logró sacar a EE. UU. y al mundo de la crisis.
No podemos quedarnos “cortos”. Hace unos días planteábamos la necesidad de flexibilizar la regla fiscal pero ahora es indispensable que el Banco de la República provea de fondos suficientes al Gobierno. Un préstamo excepcional para suministrar recursos indispensables que nadie tenía previstos: médicos, hospitales de emergencia, equipos, materiales, medicinas, subsidios. El combate al virus y a la recesión requiere de ingentes recursos que el Gobierno debe proveer y administrar. Finalmente, las Fuerzas Armadas tendrán ahora un nuevo desafío ante un escenario en que, por su capacidad de organización y respuesta, pueden ayudar de manera crucial en la emergencia. Se trata de evitar un desastre.