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Elaborando sobre su famosa afirmación de que no ha habido hambrunas en ninguna democracia auténtica, el premio Nobel de Economía indio, Amartya Sen, explicaba que éstas son muy fáciles de politizar, lo que contribuye a evitarlas.
Obviamente que la politización requiere de un sistema de información y opinión libres, sin el cual no hay democracia. No habrá, pues, hambrunas en Uruguay ni Japón, pero sí las puede haber y las ha habido en Corea del Norte, donde la plata alcanza, en cambio, para hacer marchas militares y emprender programas atómicos.
La idea de Sen es fértil y nos permite entender mejor los aciertos y fracasos de la política pública en países como Colombia. Es obvio que existen numerosas contingencias claves para el funcionamiento de una sociedad democrática que no son tan fáciles de politizar como una hambruna, al tiempo que hay errores y desatinos que sí lo son. Por ejemplo, no ha sido posible politizar —es decir informar, debatir y crear amplia conciencia pública sobre un determinado tema— la necesidad de la despenalización regulada y gravada de los psicoactivos. Subsiste, por ende, la idea mayoritaria en Colombia de que la Guerra Contra las Drogas es necesaria. En contraste, la vieja y efectiva politización del concepto de imperialismo como el ogro feroz que sólo puede ser combatido a las malas ha desembocado en la supuesta calamidad que implica el libre comercio, cuando el fenómeno tiene el potencial exactamente contrario. En Chile, para citar otro ejemplo, esta demonización del libre comercio no se da, al menos no en sectores significativos.
El capital político de todo agente se correlaciona con su poder de politización. Dado que éste es limitado, importa mucho en qué se gasta y en qué no. La izquierda reformista colombiana, verbigracia, tendría que haber gastado el grueso de su capital político en imponer la primacía de lo público sobre lo privado, enfatizando en la consecuente defensa de un esquema fiscal no sólo más equitativo, sino de mayor participación en la riqueza del país. Sin embargo, uno ve por ahí a algunos de sus dirigentes despotricando contra el impuesto a la gasolina, progresivo por definición, o negándose a promover una mayor participación del Estado en la economía, a menos que ésta provenga de las mineras y de las petroleras, fuentes de lejos insuficientes.
Así, les ha tocado a personajes del centro político —Kalmanovitz, Mockus, Peñalosa y últimamente Juan Ricardo Ortega— la tarea de defender al erario.
Por su lado, la extrema izquierda, que no está de ningún modo interesada en que su enemigo, el Estado, se financie bien y proceda a pagar la deuda social, pudo politizar con relativo éxito y durante un tiempo el mal llamado intercambio humanitario y en general creó un ambiente que predisponía a algunos a hacer concesiones al chantaje. Hay otros temas cruciales poco y mal politizados en el país: la siempre aplazada reforma agraria o la prioridad que deberían de tener la educación superior pública y la investigación.
Todo lo anterior significa que escribir una determinada propuesta en un programa partidista o incluso hacer aprobar una ley serán un mero saludo a la bandera si no vienen acompañadas de una efectiva politización. Sin embargo, el espíritu santanderista impera incluso en esto en Colombia y muchos se lavan las manos con el argumento de que ya cumplieron dando una mera declaración. Por sus pocos frutos los conoceréis.
andreshoyos@elmalpensante.com@andrewholes