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Georganne es una ciudadana de otro país que hace cerca de quince años vivió en Colombia por algún tiempo, mientras trabajaba para una importante empresa multinacional. Entonces conoció bien nuestro país y estableció fuertes vínculos afectivos que la han mantenido en contacto e interesada en lo que tiene que ver con Colombia.
Tenía varios años sin venir a Bogotá y hace unos días estuvo de visita, pero en esta ocasión tres hechos llamaron poderosamente su atención y la impresionaron con relación a la ciudad en que vivió: el caos del tráfico, unido al lamentable estado de las vías; la contaminación del aire que le molestó los ojos todo el tiempo, y la importante proporción de gente joven gorda.
Nos hemos acostumbrado al caos de la movilidad y al lamentable estado de nuestras vías, pero para quien conoció la Bogotá de hace unos años, es impactante ver el deterioro que ha sufrido en un tiempo relativamente corto una ciudad que llegó a ser ejemplo en los dos aspectos. Un buen indicador de desarrollo es que en la medida en que los países progresan mejora, en lugar de deteriorarse, el mantenimiento, la demarcación y el desarrollo de las vías, así como los sistemas masivos de transporte que permiten dar un manejo adecuado a la movilidad. Para nadie es un secreto que en nuestra capital ha pasado exactamente lo contrario, y por ahora no hay motivos para pensar que este tema vaya a mejorar en los próximos años.
La calidad del aire que respiramos parece importarle a muy pocos, pero es deplorable. Nos hemos acostumbrado a vivir entre una nube de humo que produce su devastador efecto en nuestro organismo, especialmente en el sistema respiratorio de los niños más pequeños. Todos los días vemos en las calles muchos vehículos que al circular dejan tras de sí una espesa capa de humo, mientras pasan impávidos por todas partes, sin que autoridad alguna los inmovilice de manera inmediata por estar atentando contra la salud de los ciudadanos. Aunque el Observatorio Ambiental de Bogotá realiza un monitoreo permanente de la calidad del aire mediante estaciones dotadas con tecnología avanzada, las medidas para mejorar esa calidad son a todas luces insuficientes y los altos índices de enfermedades respiratorias en los niños son una evidencia contundente de ello.
El tercer motivo de preocupación requiere haber conocido la situación anterior, porque en todos los estudios sobre el estado nutricional es evidente cómo el exceso de peso ha aumentado en los últimos años, hasta el punto en que hoy en nuestro país una de cada dos personas entre los 18 y 64 años tiene sobrepeso u obesidad, lo mismo que uno de cada seis niños o adolescentes entre 5 y 17 años (datos de la Encuesta nacional de la situación nutricional en Colombia, Ensin 2010). Son bien conocidas las implicaciones de la obesidad para la salud, especialmente por su relación con la diabetes y con la hipertensión arterial. Sin embargo, lo triste es que mientras tenemos esta situación de sobrepeso, en el otro extremo, en el de la mala nutrición, aunque hemos mejorado mucho, aún tenemos desnutrición crónica en niños menores de cinco años en una proporción nada despreciable del 13,2%.
Razón tuvo nuestra amiga en impresionarse con estos tres temas, porque todos ellos tienen implicaciones negativas para la calidad de vida y para el bienestar. Constituye un gran reto cambiar estas tendencias para lograr que el progreso no sea enemigo de la salud ni impacte de manera negativa el bienestar, pues aspiramos más bien a que venga de la mano con mejores condiciones para todos.