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En mi casa hay un ritual. Inamovible. Es muy breve —solo dura unos minutos—, pero me he dado cuenta de que es el momento más eficiente de mi día y, como sé que no durará para siempre, lo aprovecho al máximo. Todas las noches, después de leer un cuento a mis hijas de siete y nueve años, apago luces y me quedo con ellas un rato más mientras les coge el sueño. Es entonces cuando, con las cabezas sobre las almohadas y las miradas fijas en el techo oscuro, compartimos nuestros pensamientos más profundos, nuestras alegrías, ilusiones y miedos. Es también cuando yo aprovecho tener su atención para ir sembrando los valores y la información que creo necesitan para estar bien.
“Mami, pero tú siempre dices que a los problemas hay que buscarles el lado bueno. ¿Qué es lo bueno del coronavirus?”, eso me preguntó la mayor esta semana cuando terminé de explicarles por qué ahora estudiarán en casa. Claramente yo no venía preparada para esa pregunta y me tocó contestar con una frase que a las mamás no nos gusta usar: “No sé, mi amor”. Silencio absoluto en la habitación mientras yo pensaba: “Y ahora qué digo”, y me rehusaba a salir con una respuesta cursi y mediocre. “Mañana averiguo”, no se me ocurrió decir nada más que eso antes del beso de las buenas noches y de cerrar la puerta de su habitación rosada.
Me metí en mi cama mortificada. Era imposible dormir con la pregunta en el aire: ¿qué es lo bueno del coronavirus? No me satisfacían las respuestas religiosas, esotéricas, apocalípticas, seudointelectuales ni alarmistas. Busqué y busquén hasta que encontré una joya que me inspiró a escribir esta columna. De acuerdo con el ministerio chino de medio ambiente, en febrero de este año, en pleno encierro en Wuhan por la emergencia de salud, la calidad del aire mejoró en casi un 30%. La NASA le tomó foto desde el espacio y es evidente como desapareció la nube tóxica sobre el ORIENTE de China por el cierre de fábricas, minas y plantas de energía y la ausencia de carros, aviones y trenes. La emisión de CO2 se redujo en un 25%, lo cual es una gran noticia teniendo en cuenta que el gigante asiático es responsable de un 30% de la contaminación del planeta.
Ya entrada en gastos, seguí leyendo y averiguando, y si bien es imposible olvidar por un segundo la tragedia que el coronavirus significa para la salud de los humanos y la economía global, los datos medioambientales también son sorprendentes. En Hong Kong, por ejemplo, la contaminación en el aire se redujo en un 33 % durante la cuarentena y en Italia mejoró significativamente la pureza del agua en sus canales y ríos. Encontré además otro dato, que por ahora no compartiré con mis hijas: se espera para esta Navidad un “coronavirus baby boom”. Es decir, una alta tasa de natalidad nueve meses después de un encierro forzosos en gran parte del mundo. Lo digo porque entre las cosas que ya escasean en Estados Unidos y Europa por estos días están los condones, en parte porque los hacen en China y porque muchos saben a qué se dedicarán mientras cumplen con estar “a puerta cerrada”.
Me levanté menos angustiada que la noche anterior. Lo último que encontré antes de quedarme dormida fue el video de un delfín en un canal de Venecia y el alcalde de esa ciudad confirmando que, por falta de turismo, cruceros y vaporettos (transporte público en los canales), en efecto había mejorado la calidad del agua y del aire. Lo único bueno en medio de tanta desgracia. Se lo mostré a mis hijas mientras las preparaba para su primera clase virtual y les expliqué que, en medio de la crisis del coronavirus, el planeta estaba aprovechando para darse un respiro. Pasada la emoción del ver el delfín en medio de la hermosa Venecia, la mayor volvió a preguntar:
“¿Mami?”.
“Dime, muñeca”.
“Y si los grandes hicieron eso por el coronavirus, por qué no se ponen también las pilas con lo del cambio climático?”.
“Ay, mi amor… me volviste a corchar y esa sí te la quedo debiendo”.